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En el país del "no me acuerdo"

Argentina es esa eximia equilibrista que todo el tiempo está al borde de caer hasta que el “gong” da su glorioso golpe y volvemos al punto de partida. Javier Milei y su gobierno en este último tiempo viene curando las heridas de los manejos desprolijos de sus propios aliados, pero hay algo increíble que tiene nuestro país: una excelente memoria selectiva o, tal vez, la elección de sufrir por momentos una  amnesia temporal que lo ataca a la hora de las elecciones.

Imagen ilustrativa generada por IA
Imagen ilustrativa generada por IA

por Ezequiel Muriago


Al Gobierno Nacional le llevó exactamente ciento doce días resolver qué hacer con Manuel Adorni. Más de tres meses de deliberaciones, silencios estratégicos y especulaciones para arribar a una decisión que, según intentaron transmitir, habría sido tan difícil como inevitable. Tras oficializarse su destitución, el Presidente no tardó en salir a blindarlo públicamente. En una entrevista televisiva aseguró, sin rodeos, que "Manuel se fue porque se metieron con su familia", construyendo así el relato de un funcionario ejemplar que habría sido víctima de una despiadada persecución mediática. Según esa versión, determinados medios de comunicación montaron una campaña sistemática destinada a destruir la imagen intachable del entonces jefe de Gabinete, convirtiéndolo en el blanco de un escarnio público cuidadosamente orquestado.


Sin embargo, alcanza con repasar apenas unas pocas páginas de su gestión para comprender por qué hoy Adorni deberá resignarse a ejercer su deporte favorito, criticar a la política, aunque esta vez desde la comodidad de la tribuna y no desde un despacho oficial. También tendrá que familiarizarse con esa curiosa experiencia conocida como "la vida de un tipo común". Claro que su concepto de normalidad probablemente difiera bastante del promedio, podrá atravesar esta nueva etapa descansando en su flamante chalet, recientemente remodelado en Indio Cuá; alternando fines de semana entre alguna de sus otras seis propiedades. Otra opción es, si la nostalgia por los negocios llegara a invadirlo, siempre le quedará la posibilidad de reinventarse en el sector privado, quizás administrando una agencia de préstamos financiados, casualmente, con el dinero de jubiladas.

Como si todo lo anterior no alcanzara para engrosar el prontuario político del fugaz ex Director de YPF, los gastos realizados con tarjetas oficiales terminaron por completar un cuadro difícil de justificar. No hablamos de un café ocasional o de un almuerzo de trabajo: las erogaciones superaron los ciento veinte millones de pesos. Aunque, siendo justos, semejante nivel de consumo únicamente habría perjudicado su patrimonio personal... si las tarjetas hubieran sido propias. Pero Manuel decidió innovar. Para evitar que semejante desfile de consumos quedara registrado en sus resúmenes, optó por utilizar las tarjetas asignadas a algunos de sus subordinados dentro de la Jefatura de Gabinete.


Y fue justamente allí donde apareció una compra que merece un capítulo aparte. Entre tantos gastos, Adorni creyó imprescindible adquirir un exclusivo flipper de colección. Hasta ese momento todo parecía un extravagante capricho de alguien con demasiado tiempo y demasiados recursos ajenos. Sin embargo, lo verdaderamente insólito llegó al conocer la temática elegida para semejante adquisición: "Los Locos Addams". Sí, leyó bien. No es una metáfora, no es una licencia literaria ni una exageración periodística. Un flipper dedicado a la familia más excéntrica de la ficción terminó convirtiéndose, casi sin proponérselo, en la mejor representación posible del entorno político que integraba.


Porque, después de todo, las similitudes aparecen solas. Resulta difícil no encontrar cierto parecido entre el Presidente Milei y Homero Addams. No únicamente por esa relación casi afectiva con el dinero o por su conocida fascinación por los animales, sino también por esa capacidad de convertir lo extraordinario en rutina y lo insólito en método de gobierno. Todo parece encajar dentro de una lógica donde lo extravagante deja de sorprender y pasa a formar parte del paisaje cotidiano.


Y como toda familia Addams necesita una matriarca con autoridad absoluta, tampoco puede faltar Morticia. En esta adaptación criolla el papel recae sobre "la Gran Armadora", esa figura cuya influencia política pesa bastante más que cualquier decreto. Dicen que cuando baja el pulgar no existe argumento capaz de revertir el veredicto. No hay apelaciones, segundas oportunidades ni llamados salvadores desde las más altas esferas del Gobierno Nacional. Quien recibe esa señal entiende inmediatamente que llegó la hora de vaciar el despacho, entregar las llaves y marcharse sin carta de recomendación.


En semejante reparto también aparece Largo, el fiel e inseparable mayordomo. En esta versión el personaje parece haber encontrado a su equivalente en el "Petit" Caputo, un armador que permanece inalterable dentro del engranaje libertario. Mientras ministros, funcionarios y asesores entran y salen del escenario político con una velocidad sorprendente, él continúa firme, inmune al desgaste y convertido en una pieza prácticamente inamovible del armado de La Libertad Avanza.


Pero quien terminó ocupando el lugar del Tío Lucas fue, justamente, Manuel Adorni. El personaje más extravagante de la familia fue también el primero en quedar fuera de escena. Desalojado del poder, ahora deberá reencontrarse con alguna actividad que lo mantenga ocupado o resignarse a ejercer aquello que tanto disfrutó durante años convertirse nuevamente en periodista. Y, seamos sinceros, cualquier medio de comunicación daría lo que fuera por incorporar a alguien que conoce como pocos los pasillos del poder, los secretos mejor guardados de la política nacional y que, según parece, continúa protegiendo con absoluto celo todas sus fuentes de información, de financiamiento y de cualquier otra índole que usted prefiera imaginar.


Pero este escrito lleva por título "El País de No Me Acuerdo", y no está dedicado exclusivamente a nuestro benemérito, aunque hoy desempleado, ex Jefe de Gabinete. También pretende hacer un ejercicio de memoria, esa facultad que en la Argentina parece tener fecha de vencimiento cada vez que se acercan las elecciones. Porque si algo caracteriza a nuestra vida política no es la escasez de errores, sino la extraordinaria velocidad con la que logramos olvidarlos.


Basta con detenerse en una de las iniciativas más controvertidas de la actual administración: la reforma laboral. Presentada bajo los seductores conceptos de "modernización", "flexibilización" y "protección del empleo", terminó siendo interpretada por amplios sectores como una reforma que inclina todavía más la balanza hacia el lado del empleador. En nombre de la competitividad y de un supuesto mercado laboral más dinámico, se habilitaron mecanismos que permiten modificar la organización de la jornada laboral, incluso contemplando esquemas de hasta doce horas diarias. En los papeles suena voluntario; en la práctica, todos sabemos cuán libre puede sentirse un trabajador cuando quien propone el acuerdo es la misma persona que firma su recibo de sueldo.


Como si eso fuera poco, también se introdujeron cambios que reducen el alcance de las indemnizaciones y modifican distintos aspectos de los litigios laborales. La explicación oficial habla de generar previsibilidad para las empresas y reducir la llamada "industria del juicio". Los críticos, en cambio, sostienen que el costo de esa previsibilidad termina recayendo, una vez más, sobre el eslabón más débil de la relación laboral. Porque en este país la palabra "modernizar" suele funcionar como esas promociones de internet: el beneficio aparece escrito en letras gigantes, mientras las condiciones que realmente importan quedan escondidas en la letra chica.


Naturalmente, la reforma también incorporó incentivos fiscales destinados a promover nuevas contrataciones. Durante un período determinado, los empleadores pueden acceder a reducciones en las contribuciones patronales por cada nuevo trabajador incorporado. Sobre el papel parece una medida pensada para estimular el empleo formal; el tiempo dirá si efectivamente genera más puestos de trabajo o si simplemente termina transformándose en otro beneficio para quienes ya cuentan con mayor capacidad económica.


Pero si hubo un conflicto que logró reunir a miles de argentinos en las calles fue el vinculado con las universidades públicas. El Gobierno decidió aplicar un fuerte ajuste sobre las partidas destinadas a la educación superior, afectando presupuestos para funcionamiento, infraestructura, investigación, becas y otros programas esenciales para el sostenimiento del sistema universitario. La respuesta no tardó en llegar, marchas multitudinarias, clases públicas, movilizaciones federales y reclamos que atravesaron prácticamente todo el país. Sin embargo, desde los despachos oficiales pareció instalarse una curiosa epidemia de otitis aguda colectiva. Mientras cientos de miles de personas colmaban plazas y avenidas reclamando por la educación pública, en las oficinas del poder apenas si se escuchaba un cómodo silencio administrativo.


Y cuando parecía que el repertorio de frases desafortunadas ya estaba completo, apareció el ahora flamante Vocero Presidencial, Adrián Ravier, con una recomendación que difícilmente pase a la historia por su sensibilidad social, frente a las dificultades para afrontar el costo de los servicios públicos durante el invierno, la sugerencia fue, básicamente, "abrigarse". La explicación posterior sostuvo que las tarifas debían reflejar los valores del mercado y que cada contribuyente debía asumir el verdadero costo de los servicios. Una declaración que inevitablemente me recordó aquella célebre frase pronunciada por Mauricio Macri en 2016, cuando, en plena discusión por los tarifazos, afirmó que "si en invierno estás en remera y en patas, es que estás consumiendo energía de más". Cambian los nombres, cambian los gobiernos, cambian los funcionarios... pero ciertas recomendaciones parecen resistir cualquier cambio de administración.


Y así transcurre la política argentina: como una obra de teatro que cambia a los actores, pero conserva intacto el libreto. Nosotros, los ciudadanos de a pie, seguimos observando el balcón de la Casa Rosada con la esperanza de que alguna vez llegue una respuesta distinta. Esperamos con la misma paciencia de un perro que mueve la cola convencido de que recibirá un premio por haberse portado bien. Sin embargo, cuando llega el momento de depositar el voto en la urna, la memoria suele evaporarse con una facilidad asombrosa. Entonces dejamos atrás a Adorni, las universidades, la reforma laboral, los reclamos de las personas con discapacidad, la falta de medicamentos, el deterioro de los servicios públicos y esa ya clásica costumbre de convertir al periodismo, a la oposición o, directamente, a la propia sociedad en los responsables de todos los problemas. 


Porque en el verdadero País de No Me Acuerdo nadie parece hacerse cargo de los errores, simplemente se espera a que el próximo escándalo entierre al anterior y que el olvido haga el resto.




*Ezequiel Muriago es periodista, locutor y productor periodístico. Oriundo de Mar del plata, se destacó por sus trabajos en Crónica Tv , Canal 13 y su labor radial en Radio Tu - de la Asociación de Periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentina (APTRA)


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