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La paradoja de la Nueva Derecha: unidos en la diversidad ideológica


Por Diego Luciano Mazzella *


Hace algunas semanas fue la ceremonia de asunción de Nayib Bukele, el sonante presidente reelecto de la república de El Salvador, reconocido mundialmente por su exitosa lucha –no exenta de polémicas- de las pandillas delictivas del país centroamericano. En su discurso desde el balcón del Palacio Nacional, el autoproclamado en twitter “dictador cool” sentenció: “lo público debe ser mejor que lo privado, no le hagan caso a voces”. Estas palabras fueron pronunciadas frente a un grupo de invitados internacionales de alto nivel, entre los que se encontraba el primer presidente libertario y anarcocapitalista de la historia: Javier Milei. Lamentablemente, no se poseen imágenes del rostro del presidente argentino cuando se pronunciaron estas palabras, tampoco se sabe si se sumó al aplauso generalizado.

En cuanto a la Argentina, el 14 de mayo pasado se colocó finalmente el busto del ex presidente Carlos Menem en un salón de la Casa Rosada. Cuando le tocó a Milei hacer uso de la palabra, en ningún momento dijo que Menem era peronista, aunque sea en las formas. En su recorrido biográfico por la vida del ex mandatario riojano, se limitó solamente a referir trayectoria laboral y vínculos familiares obviando en todo momento su derrotero político, aunque se cita que estuvo preso por la dictadura, pero sin precisar por qué.

Esta “vista gorda” de la nueva derecha en temas ideológicos resulta interesante, pues es el criterio central que vienen llevando adelante para garantizar su aglutinamiento internacional.

Por ejemplo el RIGI, proyecto estrella de la polémica Ley Bases, marca un contrapunto importante con las ideas de otro derechista célebre, Donald Trump, que protege la producción local y le pone aranceles a las inversiones chinas, por ejemplo. Otro caso es el de la premier italiana Georgia Meloni, una política euroescéptica y pro Rusa surgida en la militancia de partidos neofascistas, algo que debería alejarla de las ideas de la escuela austríaca, sin embargo, no puede ocultar sus simpatías con nuestro anarcocapitalista rioplatense.

A priori, se pueden interpretar estas diferencias cosmovisionales como insalvables, al menos así fue durante el siglo XX, el cual estuvo marcado por límites claros en las discusiones teóricas sobre los modelos de desarrollo. No obstante, el movimiento de la nueva derecha parece resignar estas cosmovisiones contradictorias en favor de un frente que se ordena en su oposición a las ideologías progresistas.

En Europa se podría decir que, en general, el populismo de derecha está caracterizado por la xenofobia, el nacionalismo identitario, la islamofóbia, el rechazo a la globalización e, incluso en algunos casos, el antisemitismo (Hungría, por ejemplo). El común denominador de todas estas posturas es su carácter reaccionario, transgresor y políticamente incorrecto, encontrando en cada país sus especificaciones dependiendo de cada una de sus realidades, tanto geográficas como económicas o poblacionales.

El caso argentino es especial: Javier Milei es un representante de una escuela económica agotada en el siglo pasado, cuyo principal “aporte” académico ha sido polemizar contra el rol social del Estado, requerimiento del partido republicano en su cruzada contra las políticas de Franklin Roosvelt allá en los años 40 del siglo XX. Llevado al siglo XXI, este ideario preconiza un discurso anti estatal, de rebelión fiscal y de retirada del Estado de los ámbitos sociales donde éste se ha instalado como factor de equilibrio entre los actores nacionales, y como garante de la prestación de servicios esenciales como la salud y la educación.

Por circunstancias variadas, que ahora no vienen al caso analizar, Milei logró llegar a un ballotage donde más del 50% de los argentinos se inclinó por el cambio radical que él representaba frente una opción agotada y asolada por una inflación galopante. Esta victoria, no obstante, no significa que más del 50% de los argentinos sean miniarquistas. Y esto es algo muy importante de dejar en claro, fundamentalmente porque en sus numerosos viajes al exterior, el presidente argentino se vende a sí mismo como el profeta de una Nación lejana que decidió masivamente destruir el Estado y abrazar el anarquismo financiero. Esto no fue así, pues el electorado argentino optó en un ballotage, lo que es muy diferente a decir que el 56% de los argentinos eligió activamente a la escuela austríaca.

Más allá de esta realidad local, ser una rara avis paleolibertaria en el concierto internacional no le impide incluirse en un ruidoso club que incluye a los antes citados líderes proteccionistas, neofascistas, antisemitas, pro israelís, etc. los cuales sólo parecen estar congregados solamente por sus posturas conservadoras en temas sociales.

Murray Rothbard, teórico de la escuela austríaca y gran referente ideológico de Milei, en un texto escrito en la década de los 90 señalaba que la “estrategia correcta” de los paleolibertarios y libertarios en los Estados Unidos era el populismo de derecha, anclando la teoría económica a posturas reaccionarias para lograr introducir su ideología económica en la lucha política. Es decir, proponía una suerte de infiltración. Esta estrategia fue la que utilizó Javier Milei para llegar a la presidencia argentina, aliado con el conservador partido Juntos por el Cambio y otros pequeños grupos reaccionarios de la sociedad (como los referenciados con la vicepresidenta Victoria Villarruel), logrando canalizar un clima de época basado en la crítica al progresismo por considerarlo causante –por acción u omisión- de males estructurales como la pobreza, el asistencialismo o la falta de una política seria contra la inseguridad, por brindar algunos ejemplos.

Milei también desentona con los que hasta ahora parecen sus principales aliados internacionales, que son la formación política VOX de España, comandada por Santiago Abascal. Este partido político ultraderechista español reivindica una fuerte unidad para el Estado español, oponiéndose a las autonomías regionales denunciando lo que denominan una estrategia planificada de la izquierda para desmembrar la Nación y su soberanía. Por el contrario, el libertarianismo de Milei contrasta por su defensa a ultranza del individuo racional-económico y el abandono de reivindicaciones territoriales, como puede notarse en su abierta simpatía a la figura de Margaret Thatcher o su desinterés en cuestiones estratégicas como los reclamos de soberanía sobre las islas Malvinas y la Antártida.

En rigor, el común denominador de todos estos movimientos políticos parecería ser la oposición a la agenda “woke” o progresista, encarnada hoy en día en la “Agenda 2030” o en los movimientos que impulsan la diversidad de género, el derecho al aborto, la protección de los migrantes, etc. Pero en este nuevo concierto, también ha quedado del lado de la izquierda la defensa de los derechos laborales y del desarrollo sostenible, que son –probablemente- el objetivo económico a destruir por este club de personalidades y partidos.

Es decir, el objetivo final del populismo de derecha es devolver a la sociedad a un sistema cultural análogo al de la primera mitad del siglo XX, que parece ser el lugar donde ancla cierta nostalgia de bienestar social y cultural, y cierta idea de orden (Dios, Patria y familia, por ejemplo); pero a nivel laboral y productivo parecería volver a un esquema del siglo XIX, de estilo colonial, evocando esa época donde Occidente predominaba en el mundo entero como productor de bienes y servicios. Aquí se podría deslizar también una búsqueda de restauración frente al potente avance asiático, protagonizado por China y su meteórica expansión comercial, seguida de cerca por India y otros actores del sudeste asiático y el pacífico.

Quizás esto toma más sentido a nivel local, donde Milei propone por un lado restaurar una sociedad argentina culturalmente cercana a la primera mitad del siglo XX, donde había seguridad, “chicos jugando a la pelota en la calle”, respeto a las fuerzas de seguridad, cultura del trabajo, valores patrióticos, etc; y por el otro, a nivel económico, propone un regreso a la última parte del siglo XIX y principios del XX, donde Argentina era un país “rico” (o como dice él: “una potencia mundial”), con abultadas reservas e insertada al mundo como periferia proveedora de materias primas para los países centrales, con una clase trabajadora explotada y sin organización gremial, y con gran desigualdad social.

Esta conclusión descansa en que también en otros países del mundo donde gobiernan populismos de derecha, se apela a dorados tiempos pasados cuando no había inmigración descontrolada, relativismo cultural, minorías sobrerrepresentadas y otros fenómenos que los sectores conservadores endilgan a las democracias liberales actuales. De hecho, el poder de esta postura ha quedado de manifiesto en las últimas elecciones para el Parlamento Europeo, donde la ultraderecha se impuso cómodamente en todo el bloque. Será cuestión de tiempo ver si esto es un fenómeno pasajero o si el mundo se encamina hacia un nuevo orden internacional, donde el autoritarismo ha aprendido a resignar sus formas como estrategia para resucitar sus posturas conservadoras.

 

* Diego Luciano Mazzella es politólogo por la Universidad de Buenos Aires. Dirige el Consejo de Jóvenes Profesionales del Instituto Internacional de Derechos Humanos, capítulo Americano, y es miembro del Centro de Estudios para el Desarrollo Integral.

 

 

Bibliografía:

 

 

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