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Algunas ideas para intentar comprender el (des)orden mundial actual

Un poco de filosofía, política, historia internacional.



Por Juan Pablo Demaría Aguilar*


El muro de Berlín del siglo XX fue derrumbado por hombres y mujeres de distintas edades. Con picos, martillos y cuanto objeto contundente tenían a la mano para asestarlo contra un muro que no sólo había dividido materialmente un territorio, una sociedad, un estado-nación dejando de un lado a los del oeste y al otro a los del este. De un lado el capitalismo, liberalismo, del otro el comunismo, socialismo. Más allá de terminologías y diferencias nominales en la práctica, en la real este muro fue el símbolo político de división del mundo durante la guerra fría. Un conflicto bélico donde la guerra, la praxis de la guerra cobró un cariz peculiar.

No se trataba de una guerra caliente entre las dos superpotencias: del lado occidental, Estados Unidos, del oriental, la Unión Soviética –la guerra caliente se la llevó adelante en países satélites o cercanos de cada potencia, así fue con la guerra de Vietnam en la incursionó la potencia hegemónica occidental, como también la planificación y ejecución de golpes de estado cívico militares en países latinoamericanos y sus consecuentes dictaduras del mismo talante. De parte de la potencia dominante oriental, las invasiones a países vecinos que incluyó la anexión a territorio soviético privándoles de su nacionalidad y soberanía–, sino que se trataba de una guerra donde intervinieron agencias de inteligencia de las dos superpotencias y de los aliados de cada una. Una guerra de espionajes, intrigas, una guerra psicológica.

Al muro lo derrumba el pueblo en la segunda mitad de 1989. El derrumbe fue material, sin embargo, lo simbólico de alguna forma se mantuvo y aún se mantiene. Se extiende, continúa en su versión siglo XXI. Una manera de ver que la historia se repite, de modo diferente se repite y así continúa. Una continuidad hecha de rupturas, avances, retrocesos, lo lineal es temporal, quizá una excepción, nunca la regla. La coyuntura en la que estamos en este (aún) joven siglo y tercer milenio quizá sea similar a etapas histórico-políticas anteriores. Hay un parecido con la época anterior a la inaugurada con Breton Woods luego de la segunda guerra mundial donde se diseñó la arquitectura del orden internacional liberar que está vigente hasta la fecha. esa época anterior se sitúa en los años veinte y treinta, época conocida como “el período de entreguerras”, es decir después de la primera guerra mundial y antes de la segunda en la que se aplica el aforismo adjudicado a Antonio Gramsci: “Lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Dos grandes monstruos surgieron en la etapa de entreguerras: el fascismo italiano con la conducción de B. Mussolini y el nacionalsocialismo bajo el liderazgo de A. Hitler, y sus réplicas en otras partes del mundo. Por ejemplo, en nuestra Argentina quizá podamos hablar de los inicios del partido militar bajo el mando de Félix Uriburu y el apoyo de civiles dieron el primer golpe de estado cívico militar e instauraron una dictadura de esas características derrocando al gobierno democrático republicano constitucional presidido por H. Yrigoyen, entre otras réplicas.

Una época o una parte de época, un espíritu de época (zeitgaist). Se necesita un cierto eclecticismo para pensar esto. Una mezcla de escepticismo, otra de dogmatismo, otra de pragmatismo, otra de lo nacional argentino, otra de lo latinoamericano y demás yerbas autóctonas y de más allá, un ida y vuelta trazado de viceversas. En una narrativa histórica quizá de corta duración tenemos alrededor de cien años de dos ciclos en uno. La tan mentada crisis del periodo de entreguerras y la tremenda similitud con el período actual: coyuntura caótica como parte de una estructura también caótica. El actual espíritu de época está signado por un caos donde se pelean diversas posturas: multipolaridad vs. Bipolaridad modalidad o versión siglo XXI, algo más falopa: tripolaridad del poder global conformada por EEUU, la Federación Rusa y China. De todos modos, no subestimemos esta postura, capaz tiene algo de cierto en medio del caos mundial.

La política es la lógica amigo-enemigo, decía Carl Schmitt a fines de los años veinte y principios de la década siguiente, en el pasado siglo XX. Algo de esto también hay en el caótico mundo actual. EEUU vs. China, momentos de amistad mediante la cooperación comercial económica tecnológica científica, momentos de enemistad signados por combates discursivos. Al enemigo se lo combate, pero no para aniquilarlo. El enemigo le da sentido, le confiere identidad a uno. En esto fue claro Schmitt –autor que formó parte del nacionalsocialismo en sus primeros tiempos– en uno de sus textos. Momentos de tensión, de conflicto atraviesan la relación amigo enemigo. No se trata de eliminar al otro, sino de habitar conflictivamente con el otro. ahora si esa relación se extrema y uno busca eliminar o aniquilar al otro, y allí ya no hay relación amigo enemigo, hay unos contra otros y los otros son criminales que tienen que ser eliminados de modo pleno y absoluto. Un ejemplo de ello fue en lo que devinieron el fascismo en Italia con la pretensión de eliminar a los comunistas y afines, y el nazismo en Alemania persiguiendo y eliminando a judíos, marxistas, homosexuales, gitanos y todo aquello que no era de la raza aria, y sus réplicas en otras partes del mundo.

Hablando del fascismo uno de sus enemigos a quien no pudieron eliminar, pero lo encarcelaron en degradantes condiciones hasta que murió joven fue A. Gramsci, ya mencionado anteriormente en este escrito. La vigencia de Gramsci y de Schmitt en este cambio de época que habitamos es cada vez más potente. Dos espectros recorren el mundo: Gramsci y Schmitt, parafraseando a Karl Marx, espectro que recorre el mundo desde hace alrededor de 150 años. Algunas cosas las pensamos muy ligeramente como si las conociéramos de antemano, usando el cómo en el doble sentido de algo que acerca y a la vez aleja. Los acontecimientos de los que hablaban no solo se repiten de modo diferente, sino que continúan de cierta manera. La historia como discontinuidad y también continuidad.

Volviendo a la historia en curso, recuerdo una frase que la leí en un texto de Norberto Galasso, que decía algo así como que la historia es la política del pasado y la política es la historia del presente. Quedémonos por ahora con la primera parte: la historia es la política del pasado. La amplitud de esta parte de la frase nos abre al bosque y sus árboles con el riesgo de que un árbol o más de uno nos tape el bosque, o que el bosque nos tape los árboles. En una historia de brevísima duración, algunos hechos de lo que va de este siglo: el atentado a las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001, el desplome inmobiliario y de la banca internacional entre 2007 y 2008, la caída de los precios de las commodities (bienes básicos) en 2012, la pandemia de coronavirus entre fines de 2019 y fines de 2021 y comienzos de 2022. La guerra Rusia vs. Ucrania (24/02/2022) que continúa en curso. Las fechas no son lo más ni lo único importante, sólo nos sirven para orientarnos cuales mapas para con un territorio. No nos quedemos en menudencias con tanta carne en el asador. Tanta que no la vamos a terminar de comer nunca. Los hechos seleccionados arbitrariamente, seguro hay otros menos, más o de igual importancia, son elegidos para continuar pensando e intentando comprender la política en desarrollo en la historia. Cinco acontecimientos que dan cuenta del lugar en el que estamos actualmente, de la zona de interferencia. Puntos de inflexión ¿ya históricos? Ya históricos de brevísima duración. ¿qué dirán los historiadores y las historiadoras si escuchan esto? Confieso que me intriga saberlo. Más allá de una confesión personal, la política continúa, la historia no se detiene, las velocidades de ambas son tema para otra conversación.

 

* Profesor en Filosofía (Universidad Nacional del Nordeste). Magíster en Relaciones Internacionales (FLACSO).

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