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El vecino indispensable: la defensa argentina necesita a Brasil

Las recientes presiones de Estados Unidos sobre distintos países de América Latina reabren el debate sobre la autonomía estratégica de la región. En un escenario internacional cada vez más inestable, la capacidad de defensa argentina dependería menos de alianzas extrahemisféricas y más de la construcción de capacidades propias y de una integración regional sólida, con Brasil como socio indispensable.

por Sacha Bellicoso


Desde que asumió su segunda presidencia, Donald Trump ha amenazado con aranceles, sanciones económicas o acciones militares a Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Panamá y Perú. En la mayoría de los casos ponderando sanciones comerciales, interrupción de ayuda internacional y remesas, así como revocación de visas a funcionarios.


Colombia sufrió amenazas arancelarias y financieras por negarse a recibir deportados en vuelos militares. Panamá fue amenazada con "retomar" el canal —una invasión velada— si concedía operaciones a empresas chinas. Perú recibió amenazas de aranceles del 50% al cobre por aceptar el puerto de Chancay, construido con capitales chinos. Cuba fue amenazada con invasión y bloqueo naval, sumado a la interrupción de suministro de hidrocarburos provenientes de Venezuela. México, con aranceles y designación de cárteles como terroristas

—puerta de entrada a la intervención militar.


Pero hay algo aún más grave que las amenazas directas de Trump: la complicidad interna. En México, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) —principal fuerza opositora— pidió abiertamente al gobierno estadounidense que declare a MORENA, el partido de gobierno, como organización terrorista. La intervención extranjera, en otras palabras, ya no necesita una invasión: puede venir por invitación de quienes deberían defender la soberanía nacional. Ese mismo mecanismo puede activarse en cualquier país de la región, Argentina incluida, si sectores políticos locales ven en Washington una herramienta para desestabilizar a sus adversarios internos. No es una hipótesis descabellada: en la Argentina de los años 70, sectores de la derecha y de las Fuerzas Armadas también vieron con buenos ojos la intervención estadounidense como "solución" a la crisis interna. La historia puede repetirse, esta vez con partidos políticos actuando como caballo de Troya.


En el caso de Brasil, la administración republicana encabezada por Trump impuso aranceles del 50% como respuesta a los juicios contra Jair Bolsonaro y amenazó con declarar como organizaciones terroristas a bandas criminales —un movimiento que podría justificar una futura acción militar.

Con Venezuela las amenazas se volvieron realidad. Años de sanciones económicas y judiciales culminaron en bloqueo naval, invasión y secuestro del jefe de Estado. No fue una operación limpia ni quirúrgica: la agresión militar estadounidense dejó más de cien muertos —entre militares venezolanos, colaboradores cubanos y civiles— y un número similar de heridos. Hoy, una vicepresidenta gobierna bajo tutela estadounidense, y el país está sumido en una crisis de legitimidad y violencia que no cesa.


Ni siquiera la Argentina de Milei recibió trato favorable: nos aplicaron los mismos aranceles base que a cualquier país. Solo Brasil logró salir airoso. Lula no dio el brazo a torcer y Trump terminó abandonando a su "aliado" Bolsonaro, muestra de ello es que hoy busca acercarse a Lula.


Al observar que el peso económico, la autonomía militar y la determinación nacional brasileña se impusieron a las imposiciones de Washington, se vuelve evidente que la política exterior argentina necesita un replanteamiento profundo que priorice un enfoque soberano pero que construya alianzas coherentes, más no ideológicas.


El primer paso para diseñar una política de defensa soberana es reconocer el verdadero espectro de amenazas. Tradicionalmente, Argentina ha mirado hacia Malvinas como el único conflicto potencial, pero el comportamiento reciente de Estados Unidos bajo Trump revela una realidad más amplia y más inmediata. Se nos dice que, mediante el acuerdo firmado con Estados Unidos, nos ayudarán a patrullar nuestro mar y defenderlo de "amenazas" sin especificar. El mismo acuerdo declara nuestro mar y sus recursos como un "bien común internacional". ¿De qué nos protege exactamente semejante cesión de soberanía?


Resulta ingenuo creer que la genuflexión ante los Estados Unidos garantizará la seguridad argentina o promoverá un cambio favorable en el reclamo sobre los territorios en estado de ocupación británica, más considerando que Washington no ha dudado en amenazar a sus aliados europeos en medio de su intento por anexar a Groenlandia como su quincuagésimo primer Estado, en detrimento de Dinamarca. En un sistema internacional que no es signos de recompensar la sumisión y en el que el cumplimiento de los acuerdos está sujeto a su utilidad, la única manera de disuadir al enemigo y ejecutar políticas de Estado encolumnadas con el interés nacional es desarrollar capacidades reales de disuasión.


Para construir esas capacidades, Argentina no necesita mirar al norte ni al otro lado del mundo. Tiene un modelo y un socio al lado: Brasil.


Mientras Brasil alcanzaba acuerdos que le permitieron fabricar cazas de generación 4.5 Gripen, en medio de un acuerdo de transferencia tecnológica que le propició una ganancia notable de autonomía; la Argentina evaluaba un listado de proveedores foráneos, decidiéndose finalmente por el F-16 que ofertó Dinamarca. Ambos movimientos son avances en las capacidades de defensa de los Estados, pero uno demuestra un interés en la construcción de soberanía, mientras que el otro profundiza su dependencia.


La Argentina goza de un posición geográfica privilegiada que se revaloriza de forma directamente proporcional al aumento de la tensión internacional en el Norte mundial, sumado a la abundancia de los recursos de su suelo, resulta un botín preciado en la disputa de las grandes potencias. Sin embargo, carece de las capacidades industriales para usufructuar sus riquezas y de los medios para disuadir a quienes quieren imponerle sus deseos en detrimento del interés nacional argentino.


Entonces la pregunta que surge deja de ser “¿Para qué compramos cazas F-16?” y pasa a ser “¿No había una opción que promueva el desarrollo industrial nacional y sirva de base para una defensa soberana?”. Dicho cambio de enfoque resulta aún más crítico cuando contemplamos nuestra principal hipótesis de conflicto —frente al Reino Unido por las Islas Malvinas, Sándwich y Georgias—, quien fue el proveedor de dichos cazas de combate y de qué alianza forma parte. Parece entonces que, ante un escenario de conflicto en el Atlántico Sur, Estados Unidos no sería un aliado de fiar frente a las ambiciones británicas; en dicho caso el gobierno argentino repetiría el mismo error de cálculo que en 1982, cuando Galtieri creyó que su cercanía a Reagan equivaldría al apoyo estadounidense en la Guerra de Malvinas.


Tampoco puede ignorar que la amenaza a la soberanía no siempre viene de afuera. El PRI mexicano ya mostró el camino: pedir a Washington que declare terrorista al adversario político interno. Esa petición, de ser atendida, legitima cualquier forma de intervención —económica, judicial o militar— contra un gobierno democráticamente electo. ¿Alguien cree que no hay dirigentes argentinos capaces de hacer lo mismo si les resulta conveniente? La historia local, lamentablemente, ofrece ejemplos de sobra.


Tampoco es serio pensar que China o Rusia nos salvarían, su apoyo sería diplomático y no militar; puesto que la tiranía de las distancias es insalvable. Una relación estrecha con Moscú o Beijing no salvó a Venezuela de la agresión estadounidense. China, además, no proyecta poder militar en el hemisferio occidental; su foco es su propio vecindario. El enfoque chino está en aliados de hierro, cercanos y de larga data, como Pakistán, Rusia y, más recientemente, Irán. Y, por supuesto, en garantizar la integridad de sus reclamos territoriales y la seguridad de su mar circundante y el Pacífico occidental. La lógica propia de la Guerra Fría que permitía que un mero alineamiento ideológico sea suficiente para obtener el apoyo de una Gran Potencia que impulse el desarrollo quedó desactualizada, la única garantía frente a la intervención es la autonomía.


Entonces, si la Royal Navy —o peor, la Quinta Flota de EE.UU.— bloquea nuestro mar, ¿quién puede abastecernos? La respuesta es Brasil y la región. La guerra en Irán demostró algo: por más poderosa que sea la marina estadounidense, no puede bloquear un país continental que tiene aliados vecinos. Pakistán, Asia central y Rusia mantienen a Irán conectado con China y el comercio mundial.


En nuestro caso, el peso diplomático de Brasil sería clave para negociar un alto al fuego y evitar la escalada. Su poderío militar e industrial daría opciones de respuesta a la Argentina. Y como vecino y potencia regional, Brasil tiene más interés estratégico en nuestra estabilidad que cualquier potencia lejana; es un país con el que Argentina construyó una relación estratégica durante décadas.


La integración regional no es un proyecto para el futuro. Es la única política de defensa viable para el presente y la necesitamos con urgencia. Y Brasil es su eje indispensable.


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