La nueva normalidad del Ormuz cerrado y la ilusión de Vaca Muerta
- Sacha Bellicoso

- hace 2 días
- 6 Min. de lectura
El cierre del estrecho de Ormuz redefine el equilibrio energético global y expone las limitaciones estructurales de Argentina frente a un escenario internacional cada vez más inestable.

por Sacha Bellicoso
Después de que Israel y EE. UU. atacaron a Irán a fines de febrero, la Guardia Revolucionaria iraní decidió cerrar de forma indefinida el estrecho de Ormuz. Los traders de futuros del petróleo y la prensa oficialista (tanto en EE. UU. como en Argentina) insisten en la pronta victoria estadounidense-israelí y una rápida reapertura del estrecho, pero ambas opciones parecen bastante lejanas, si no imposibles.
EE. UU. e Israel no se han adaptado a la guerra asimétrica de drones y misiles que tantos dolores de cabeza le ha provocado a Rusia en Ucrania, y siguen abusando de un stock de misiles de intercepción que ya venía a la baja por la guerra de Ucrania; EE. UU. no produce con la suficiente velocidad para reemplazarlos en un plazo que pueda afectar esta guerra. Los bombardeos sobre Irán, si bien producen estragos sobre la población y la infraestructura civil, no dañan la capacidad militar iraní lo suficiente como para negar la efectividad de su estrategia: la guerra de desgaste.
Irán apuesta a limar la capacidad bélica de EE. UU., Israel y sus aliados locales con bombardeos estratégicos, gastando su stock de misiles, destruyendo infraestructura militar como radares y bases militares y, el punto clave, el cierre definitivo del estrecho de Ormuz. La reducción de los bombardeos a unos pocos por día sugiere que el objetivo es sostener la guerra el mayor tiempo posible para maximizar el daño económico al enemigo y, por supuesto, mantener el estrecho cerrado. Mantenerlo cerrado no es solo una herramienta de presión sobre EE. UU., Israel y los aliados locales; es también una forma de garantizar ingresos para el Estado iraní y sus fuerzas armadas al mismo tiempo que sus fábricas y refinerías son bombardeadas. Irán está cobrando a cada buque que cruza un pequeño estrecho entre dos islas iraníes, mientras que el estrecho mayor en aguas internacionales se encuentra cerrado no solo por la amenaza de drones y misiles; según algunos reportes, la Guardia Revolucionaria habría minado el estrecho[1], y el proceso de remoción de las minas puede tomar años, incluso si Irán fuera derrotado. El control del tránsito del 20% de todos los combustibles fósiles del mundo le da a Irán otra herramienta de presión para garantizar sus intereses económicos y militares. Además, Irán demanda que todos aquellos que quieran usar el estrecho de ahora en más lo hagan solo en yuanes, poniendo en peligro la continuidad del petrodólar si logra imponer este objetivo. Catar ha pedido el fin de los ataques contra Irán y declarado su salida de la guerra.[2]
Mientras Irán mantiene su control sobre el estrecho, la administración Trump ha ensayado una argucia retórica: declarar que Estados Unidos no necesita el estrecho y que son los europeos quienes deben ocuparse de abrirlo y asegurarlo. “Vayan a buscar su propio petróleo”, dijo el presidente, en un intento de desligar a EE. UU. del conflicto. Sin embargo, esta amenaza es más un mecanismo de presión sobre sus aliados de la OTAN que una retirada real. Abandonar a Israel y a las monarquías del Golfo dejaría a EE. UU. mal parado ante el mundo, erosionaría la credibilidad militar del país y fracturaría la base política de Trump, donde el sionismo evangélico sigue siendo un pilar. Además, los europeos no parecen dispuestos a caer en la trampa. Francia, junto con Rusia y China, ha vetado en el Consejo de Seguridad una resolución que autorizaba el uso de la fuerza para despejar el estrecho[3]. La propuesta, impulsada por Bahréin y apoyada por Washington, naufragó ante la evidencia de que una intervención militar solo escalaría el conflicto. Incluso Emmanuel Macron la calificó de “poco realista”. En resumen: Trump no puede retirarse sin costos, Europa no quiere una guerra, e Irán no tiene incentivos para detenerse.
En fin, debemos hacernos a la idea de que no hay una fecha de cierre de esta crisis y que esta es la nueva normalidad.
¿En qué situación se encuentra la Argentina ante esta crisis?
A pesar del festejo oficialista por la capacidad exportadora de Vaca Muerta, el mercado interno también existe: la Argentina sigue siendo un importador de combustibles. En parte, debido a que se requieren tipos de petróleo más pesados que los que produce Vaca Muerta o combustibles más específicos, pero fundamentalmente el problema es la insuficiente capacidad de refinamiento de las plantas existentes en el país. Ni qué decir que esta crisis también ha causado una escasez enorme de componentes químicos para producir fertilizantes, materiales derivados del refinamiento del petróleo y del gas, como la urea.
La Argentina es un importador neto de fertilizantes: importa el 65% de los fertilizantes presentes en su mercado interno y, a diferencia del petróleo, la producción de fertilizantes no puede ampliarse rápidamente. La producción agrícola de Argentina se enfrentaría a un aumento estructural de los costos de entre el 15% y el 20%, lo que alteraría de forma permanente los flujos comerciales mundiales de cereales.[4] Brasil, que cuenta con mayores reservas nacionales de fertilizantes (aunque poco explotadas), obtendría una ventaja competitiva relativa en los mercados de la soja y el maíz.
En diciembre del año pasado, el gobierno argentino vendió la parte de YPF en Profertil, la mayor empresa productora de fertilizantes del país.[5] ¡Qué oportuno! El mundo nos presenta un escenario cada vez más volátil y riesgoso, cruzado por guerras comerciales, sanciones económicas, pandemias y, finalmente, guerras de verdad; y la Argentina ha decidido pegar un salto de fe confiando en que la sabiduría infinita del mercado globalizado y las largas cadenas de suministro just in time podrán suplirnos de todas nuestras necesidades al mejor precio y sin disrupciones. Una cosa es ser negacionista de la pandemia; otra, negar también sus consecuencias económicas. ¿Acaso no hemos aprendido nada de los peligros de la dependencia en aquellos años?
Si no se desarrollan capacidades locales, la Argentina seguirá siendo víctima de todas las crisis internacionales y disrupciones comerciales habidas y por haber. Debemos aceptar que episodios como la pandemia, la guerra en Ucrania y ahora la guerra en Irán y el cierre de Ormuz son parte de la nueva normalidad en un mundo cada vez más multipolar, pero también más caótico, en el cual EE. UU. y sus aliados ya no son capaces de imponer un orden incuestionable y escribir las reglas del mercado global a su antojo. Pretender que atarse al país del norte sea la clave para la salvación de la Argentina es un delirio. EE. UU. no es omnipotente y, si lo fuera, parece poco probable que tuviera interés en resolver los problemas de desarrollo de la Argentina. Estamos hablando de un país que hace menos de tres meses amenazó con invadir a sus propios aliados europeos de la OTAN por un capricho expansionista.
En Brasil, Lula condenó la guerra estadounidense contra Irán y llamó a la intervención de la ONU para llegar a una solución racional del conflicto. Ni siquiera Donald Trump, tan afilado con sus propios aliados, ha condenado o castigado a Brasil por su desafío. Por otro lado, Irán ya anunció que no impedirá las exportaciones de urea a Brasil y que los brasileños podrán importar libremente urea de Irán. Irán es el sexto productor mundial de este insumo.[6] La postura firme de Brasil en sus propios principios le permite evitar externalidades del conflicto, porque es lo suficientemente fuerte como para no dejarse chantajear por EE. UU. Mientras tanto, Milei ha declarado a Irán "enemigo de la Argentina".[7] No parece haber sido notado por EE. UU., considerando lo poco que tiene la Argentina para aportar al conflicto. Irán, por su parte, ya anunció que "habrá consecuencias".[8] El postureo y el sobregiro ideológico son muy buenos para las redes sociales, pero en diplomacia tienen pobres resultados.
Argentina necesita generar sus propias capacidades productivas o, por lo menos, relacionarse con el mundo —entendiendo que el mundo son todos los países y potencias del planeta, no solo Europa Occidental y EE. UU. o aquellos países que el gobierno de turno considere amigos ideológicos— de forma autónoma y acorde con sus propios intereses.
Bibliografía
[1] Reuters. "Iran has laid about a dozen mines in Strait of Hormuz, sources say". 11 de marzo de 2026.
[2] Middle East Eye. "Qatar calls for immediate end to US-Israeli war after attack on gas facility".
[3] France 24. “UN Security Council delays vote on authorizing force to protect Hormuz”. 3 de abril de 2026. https://www.france24.com/en/live-news/20260403-un-security-council-to-vote-on-authorizing-force-to-protect-hormuz
[4] BN Americas. "As fertilizer soars, Argentina's Pampa Energía seeks US$1.5bn multilateral loan for urea project".
[5] La Nación. "Por US$1200 millones, Nutrien y YPF también vendió su parte en Profertil". 15 de diciembre de 2025.
[6] G1 Globo. "Fertilizantes comprados pelo Brasil não terão problemas em ser exportados, diz embaixador do Irã". 31 de marzo de 2026.
[7] El País. "El gobierno de Milei declara organización terrorista a la Guardia Revolucionaria iraní". 1 de abril de 2026.
[8] Página/12. "Irán acusa a Milei de actuar bajo órdenes de EE.UU. e Israel y advierte que 'habrá consecuencias'". 1 de abril de 2026.




Comentarios