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¿EEUU es el proxy de Israel contra Irán?

En medio de la escalada en Medio Oriente, la relación entre Washington y Tel Aviv vuelve a quedar en el centro del tablero geopolítico. Más allá de sus propios intereses estratégicos, Estados Unidos aparece cada vez más alineado con la agenda de seguridad israelí frente a Irán, alimentando la hipótesis de que el vínculo entre ambas potencias ya no se limita al respaldo diplomático, sino que configura una dinámica donde el poder militar y la iniciativa política se entrelazan en una misma estrategia regional.

por Ricardo Auer*


Años atrás Trump denunció que “la guerra de Irak fue el mayor error cometido en la historia de nuestro país, y prometo medir nuestro éxito por las guerras en las que nunca nos metemos”. Resulta extraño que no lo haya aplicado ahora, ya que se debería ir a la guerra solo cuando se agotan otros recursos y sea necesario hacerlo. Más aún en guerras preventivas contra amenazas nebulosas basadas en inteligencia sospechosa y sin un final claro.


Los servicios de inteligencia norteamericanos estimaban improbable que las fuerzas iraníes fuesen una amenaza para EEUU continental durante la próxima década. Las justificaciones de Trump para sus acciones fueron curiosas y poco convincentes: “defender al pueblo norteamericano eliminando las amenazas inminentes del régimen iraní, los programas nuclear y misilístico”.


Meses atrás, EEUU había afirmado que el programa nuclear estaba totalmente aniquilado, de lo cual hay múltiples evidencias y la OEIA ha indicado que no hay evidencia de que Irán haya reanudado el enriquecimiento de uranio desde junio.


Hasta el secretario de Estado, Marco Rubio, ha admitido que no hay evidencia de que Irán esté desarrollando activamente misiles balísticos intercontinentales capaces de alcanzar a EEUU. La Agencia de Inteligencia de Defensa advirtió el año pasado que Irán podría producir tal misil sólo para 2035, si así lo decidiera.


Irán no es Venezuela. Es una potencia intermedia, miembro de los BRICS. No es un actor pasivo ni periférico. Siempre ha estado presente en los problemas estratégicos del mundo, conectando energía, rutas marítimas y la competencia entre grandes potencias. Si bien el conflicto China-EEUU es el más importante, no es el único. Cuando hay demasiados frentes activos, no es sencillo controlar simultáneamente todas las gestiones, por lo que los “accidentes” suelen ganar terreno.


El único interés estratégico posible de EEUU sería poder controlar la producción de petróleo de Irán, para tomar ventajas en su conflicto con China, como lo ha hecho con Venezuela. Para eso necesitaría ocuparlo militarmente, lo cual parece poco probable sin una escalada global. Matar a las jerarquías iraníes es relativamente fácil para EEUU o Israel, pero derrocar a todo el régimen sería muy difícil, probablemente imposible solo con ataques aéreos.


También es peligrosa una guerra prolongada ya que los suministros podrían agotarse tanto para EEUU como para Israel, lo cual crearía vulnerabilidades que podrían favorecer a Rusia o a China. El mismo vicepresidente J.D. Vance había dicho hace poco que “no hay posibilidad” de que EEUU se vea arrastrado a una guerra larga en Medio Oriente. La pregunta pertinente es si una gran operación militar aérea, sin colocar personal militar en el terreno, puede lograr objetivos políticos, como un cambio de régimen favorable a EEUU. Todo muy dudoso, sabiendo que Irán es un territorio extenso, montañoso y tiene 90 millones de habitantes, la mayoría de ellos con muy buena educación y orgullosos de su pasado nacional.


Un cambio radical del régimen, generado desde adentro, parece poco probable tirándole bombas y trayendo al hijo del ex emperador, Reza Pahlevi, un régimen impopular y vasallo de EEUU y Gran Bretaña. El giro de Trump, involucrándose en esta guerra, implica un gran riesgo, del que tendrá que hacerse cargo, interna y externamente.


Otros misiles


Un dato más preciso indica que, si bien las instalaciones de producción de misiles y sitios de lanzamiento de Irán sufrieron graves daños en junio, hay evidencia de que está reconstruyendo su capacidad para fabricar misiles de corto y mediano alcance. La conclusión es que, si EEUU no tiene mucho que ganar en una guerra con Irán, el país realmente interesado en destruir Irán es Israel, y Netanyahu aún más. Esto implicaría que, técnicamente hablando, EEUU actuaría como proxy de Israel en el conflicto con Irán y solo con el fin de resolver este punto. A su vez, los estados árabes del Golfo y en particular Arabia Saudita, entran en conflicto de sus propios intereses, ya que su ideal es poder equilibrar el poder de Irán con el de Israel para que no haya un sólo país hegemónico en Medio Oriente. Si bien un precio del petróleo en alza podría beneficiarlo, una guerra cerca de sus rutas y plantas petroquímicas es un riesgo enorme; preferirá precio alto sin caos. Las pérdidas que podrían sufrir los países del Golfo en caso que el conflicto se prolongue, serían de gran magnitud. Sus aeropuertos son nodos de conexión fundamentales en todo el tráfico aéreo global. En este marco de equilibrio metaestable, todas son incógnitas.


La reacción de Irán es la previsible: extender el conflicto al resto de los países para que tenga consecuencias en todo Medio Oriente, buscando que afloren contradicciones, aunque eso le agregue enemigos circunstanciales. Si logra sostener sus ataques misilísticos durante cierto tiempo, habrá ganado tiempo para organizar su resistencia, refugiándose en su profundidad territorial estratégica, mientras va resolviendo sus problemas políticos internos. Claramente ha previsto este ataque y sus FFAA/Guardia Revolucionaria tendrían un esquema de relevo automático de sus comandantes que le permitiría seguir resistiendo, pese a las bajas humanas. Se ha especulado con el cierre permanente (no tácticamente, mientras duren los bombardeos) del estrecho de Ormuz, pero parece poco probable por parte de Irán, porque impediría sus propias exportaciones; China lo vería mal, ya que el 14 % de sus importaciones de petróleo provienen de Irán y además beneficiarían a EEUU, claro exportador de petróleo propio y con control del venezolano.


También llama la atención en ese sentido las declaraciones de Europa (Francia, Alemania y Gran Bretaña) brindando un apoyo decidido a EEUU y a Israel, en contra de Irán. La prolongación del conflicto podría activar redes de milicias regionales, lo cual requeriría atención militar y de seguridad, adicionales al conflicto principal. Además, tendría repercusiones en Europa y otros lugares. Es poco probable que la ofensiva actual obligue al régimen iraní, en el cortísimo plazo, a rendirse o a alcanzar un acuerdo futuro con EEUU; la vía diplomática, en esta fase, parece dudosa, pese al ofrecimiento de Trump de diálogo y negociación.


El Israel de Benjamín Netanyahu y la extrema derecha (Itamar Ben-Gvir, Bezalel Smotrich, Dov Lior), con recursos demográficos limitados, pero sostenida por el lobby israelí en EEUU, se autoproclama cada vez más una voz independiente de un Occidente fraccionado, entre soberanistas y globalistas; entre europeos y norteamericanos, entre Gran Bretaña y Europa. Antes se consideraba a Israel como la avanzada de EEUU en Medio Oriente, pero actualmente parece haberse invertido esa relación: alienta acciones de EEUU a su favor, como es el caso de Irán y exige que EEUU se involucre en su desarme nuclear y misilístico. Busca su apoyo a la creación del Gran Israel, desde Gaza hasta Cisjordania, tema que aún es resistido por Trump y claramente rechazado por la UE, Gran Bretaña y los globalistas, tipo Söros. Se sospecha que las publicaciones de los archivos de Epstein han reforzado sus influencias globales, principalmente en EEUU, Gran Bretaña, y UE. Israel no entra en grandes contradicciones con Rusia, del cual ha recibido gran cantidad de emigrantes, aunque si con China, por influencias contradictorias con sus intereses en Medio Oriente y en el Cuerno de África.


Para China, su prioridad es estabilidad energética y previsibilidad comercial. Beijing tenderá a reclamar “desescalada” y solución política, mientras busca proteger sus flujos (energía, rutas) y capitalizar diplomáticamente el desgaste occidental. Pero evitará comprometerse militarmente: su ganancia está en el costo estratégico que paga EEUU por abrir otro frente, no en entrar al combate.


Rusia condena el ataque a Irán, pero no está en condiciones de enviar ayuda material. A Moscú le conviene que se eleve el precio del petróleo y mostrarse como un mediador sensato. Pero tampoco le conviene una escalada del conflicto.


India sigue su clásico pragmatismo. Importador de energía, preserva vínculos con Rusia, pero también con Israel y EEUU, sin romper con Irán por cercanía regional y autonomía estratégica. Pedirá moderación, proteger cadenas de suministro y evitar alineamientos absolutos. En un mundo más inestable, India seguirá expandiendo su influencia regional con su política de “neutralidad activa”.


Para la Argentina la adhesión incondicional a todas las políticas de EEUU es un gran problema a futuro, dado que, en un mundo donde se impone la fuerza por sobre los acuerdos internacionales, no se puede seguir prescindiendo de una real política de defensa y no el “relato” de la misma. El gasto en el presente ejercicio se reducirá a un mínimo histórico del 0,45 % del PBI, con compras, impuestas desde afuera y fuera de contexto de las amenazas grandes, medianas o pequeñas y de su coordinación con la Seguridad Nacional. Los RRHH se capacitan y luego se van. Hay un déficit mayúsculo, que se profundiza desde hace varias décadas. Sólo pensar en Malvinas, Atlántico Sur, Antártida y el espacio marítimo gigantesco, semiabandonado a la rapiña del extractivismo de numerosos países, nos da la pauta de la falta de política estratégica en todos los resortes del Estado Nacional.



*Ricardo Auer es consultor de riesgo internacional


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