La causa nacional Malvinas y la geopolítica del Atlántico Sur
- Gustavo Ignacio Míguez

- hace 2 días
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Por Lic. Gustavo Ignacio Míguez[1]

Cada 2 de abril, la Argentina se detiene para honrar a sus veteranos y a sus caídos en la Guerra de Malvinas, y para reafirmar una causa que no es solo diplomática ni sentimental, sino estructural: la de una nación incompleta, a la que le fueron arrebatadas compañeros y compañeras, sus tierras, hoy ocupadas, sus aguas. Es una fecha clave en el calendario que nos devuelve, año a año, a la pregunta más difícil: ¿qué le han quitado a la Argentina? ¿Y quiénes? ¿Quién es el enemigo real de un país que insiste en negar hipótesis de conflictos cuando tiene, entre territorios isleños y plataforma continental, cerca de un 25% de su territorio bicontinental ocupado?
En ese sentido, el reclamo por la recuperación de nuestra indeclinable soberanía sobre las Islas Malvinas, las Georgia del Sur, las Sándwich del Sur y los espacios marítimos circundantes es además de una reivindicación legítima y del deseo irredimible de un pueblo por lograr una justicia histórica; es, decíamos, también, la clave para toda reflexión seria, íntegra y estratégica sobre nuestra posición privilegiada en los embates geopolíticas del Atlántico Sur y su proyección antártica.
Por tales motivos, cada conmemoración por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas nos invita, de modo urgente, a reflexionar sobre nuestra causa nacional e imperecedera, y a ser interpelados intra e intergeneracionalmente, dado que su devenir es de enorme trascendencia para el presente y el futuro de nuestra patria y de toda América del Sur.
Una deuda: el siglo XIX argentino, revisitado
El conflicto desatado hace 44 años puso, en la piel de los hombres y mujeres que participaron en él y lo dieron todo por nuestra soberanía, la faceta más trágica y encarnizada de una historia que se remonta hacia los años de nuestra conformación como nación.
En 1833, el Reino Unido de Gran Bretaña ocupó por la fuerza las islas, apenas un año y medio después de que la corbeta estadounidense Lexington arrasara el asentamiento de Puerto Soledad, encarcelara a sus habitantes y al legítimo primer comandante político y militar del archipiélago, Luis Elías Vernet, para luego dejar el campo libre para la usurpación británica. No fue una casualidad geopolítica sino una maniobra deliberada por el control de rutas oceánicas y la proyección hacia el sur del planeta y sus codiciados Estrecho de Magallanes y Paso de Drake.
Causa histórica nacional, decíamos. Con un correlato institucional que debe estar presente siempre: Malvinas como política de Estado. ¿Por qué? Porque por más diferencia política, ideológica o partidaria que pueda haber, su ocupación ilegítima, la política diplomática de casi dos siglos y el conflicto bélico son escorzos de una misma historia que nos une cultural y territorialmente, es decir, colectivamente, como país. Tal es así que Malvinas fue tópico de reflexión y de discursos encendidos de defensa soberana incluso para buena parte del panteón de esos próceres liberales que quizás no asociamos a esta fecha paradigmática. Figuras de la historia del siglo XIX argentino que, insistamos en este punto, ameritan ser revisitados para comprender qué tan profundo en la memoria de nuestra nación arraigan nuestras grandes causas, y qué es lo que implica sostener una política pública estratégica. Figuras, por otra parte, que son más nombradas que leídas realmente, usadas a veces cual efigie indescifrable o latiguillo político sin sustancia.
De allí que no esté de más recordar que incluso alguien como Domingo Faustino Sarmiento, figura repetida si las hay dentro del exiguo corpus de autores reivindicados por la actual Administración, supo defender la causa Malvinas y los derechos de los herederos de la familia Vernet. En una nota previa[2], recordábamos cómo el autor del Facundo supo denunciar, como pocos, “los ultrajes hechos a la soberanía de la República Argentina” por fuerzas norteamericanas, al mismo tiempo que señalaba su complicidad con la usurpación inglesa. Con esto queremos decir: más allá de nuestro parecer y esa idiosincrática modalidad tan argentina de releer el pasado en términos binarios (“buenos contra malos”, “civilizados contra bárbaros”, etc.), hay causas que exceden cualquier reducción a una disputa ideológica irresuelta porque encarnan, verdaderamente, un sentir popular que nos excede, un pabellón inexpugnable dentro de nuestra cultura nacional que trasciende a una administración en particular y/o a los partidos políticos de turno. Eso es lo que se ve con subirse al transporte público y notar, de repente, alguna insignia colgada con la figura de nuestras islas, o un infaltable homenaje a nuestros veteranos; o cada vez que una bandera con las siluetas de la Isla Soledad y de la Isla Gran Malvina flamea en una cancha de fútbol o en un recital, mientras el pueblo canta “el que no salta es un inglés”.
Las Malvinas son argentinas, hoy y siempre. Y el enemigo es uno y el mismo, y no son pocas las veces que han intentado convencernos de que no ha parado de vencer. Pero la memoria es un resguardo que señala que no todo está cerrado. Y el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas reaparece cada año para marcar que no todo está perdido. Volviendo al punto anterior, es interesar que eso mismo es que lo que profetizada el mismo Sarmiento –de nuevo, uno de los autores más citados por el gobierno libertario– cuando denunciaba, allá por 1844, que “en todos los mares donde hay islas se alza el pabellón inglés”, dejándonos, por si esa sola afirmación no fuera poco, un interrogante todavía más terrible, como casi todo en su pluma, y que nos atraviesa aún en el siglo XXI exigiéndonos dar una respuesta con profunda responsabilidad política: “¿Se salvará la América del Sud de esta invasión universal?”. O de otro modo: ¿cómo poner un reparo sólido al despojo de nuestra tierra, de nuestra patria, de nuestro Continente?
De los Acuerdos de Madrid a la Geopolítica del Atlántico Sur y la Antártida
El conflicto de 1982 fue una derrota militar que dejó una herida profunda, eso está claro. Pero la posguerra planteó, asimismo, una trampa diplomática de largo alcance y efectos todavía imprevisibles desde una perspectiva soberana: los Acuerdos de Madrid de 1989 y 1991[3] son, en los hechos, un acto de rendición –nuestro Tratado de Versalles, si se quiere– firmado bajo el paraguas del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña y, por lo tanto, con la OTAN. Formulados de tal modo que, si por un lado estaba diseñada para para recuperar y mantener abiertos los canales de diálogo internacionales, por el otro lado evitan resolver la cuestión de fondo.
Defendidos en su momento como un posicionamiento pragmático y necesario dadas las exigencias de ese nuevo contexto global abierto tras la caída del Muro de Berlín, no pasó mucho tiempo para que se revelase que la naturaleza de estos Tratados en realidad sólo ha servido de coartada para anular y suspender la disputa legítima de nuestra soberanía sobre el Archipiélago y sobre nuestra plataforma Continental. De ese modo, en los hechos concretos, Argentina desmanteló su flota naval y mercante, destruyó toda política real de Defensa y control sobre esa porción –mayoritaria– de su territorio que es su Plataforma Continental y marítima. Y el Reino Unido, por su lado, consolidó metódicamente su presencia estratégica en el océano Atlántico, se aseguró una zona económica exclusiva enorme y rica, y al día de hoy se proyecta en franca disputa hacia la Antártida argentina de cara a una futura renegociación del Tratado Antártico.
La Argentina se conformó con la reanudación de vuelos y comunicaciones, además de la normalización del comercio con Gran Bretaña y la restauración de lazos consulares. Pero cedió el instrumento de presión más valioso: la vinculación entre los acuerdos económicos y el avance real sobre la soberanía. El Reino Unido, en cambio, obtuvo un tiempo sumamente valioso para expandir sus instalaciones militares, desarrollar la explotación pesquera e hidrocarburífera en la plataforma y consolidar a las Malvinas como enclave estratégico de la OTAN en el Atlántico Sur. La Base Aérea Mount Pleasant –operativa desde 1985 con capacidad para proyectar poder a miles de kilómetros– así lo demuestra, siendo hoy la guarnición militar más austral de la alianza atlántica y uno de los puntos de control del pasaje entre los océanos Atlántico y Pacífico.
En ese escenario, las Malvinas, Georgia del Sur y Sándwich del Sur deben ser entendidas, a su vez, como posiciones de avanzada sobre las rutas de acceso nada más y nada menos que al continente antártico. Y esto no es un detalle menor: quien las controla, controla el umbral de entrada al último gran territorio en disputa del planeta. La presencia de la OTAN en las Malvinas no es un accidente: es parte de una arquitectura estratégica de largo plazo orientada a garantizar el acceso occidental al continente austral. Por eso, y como corolario de posguerra, esta fecha conmemorativa debe invitarnos a reflexionar sobre el avance decisivo de Estados Unidos en los últimos años: ejercicios navales, enviados estratégicos del Comando Sur, permisos de dudosa argumentación para operar y estar cada vez más presentes en la provincia de Tierra de Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, la cual, hay que recordarlo, es el centro territorial de nuestro país bicontinental.
En el siglo XXI, nuestro Mar Argentino, su plataforma continental y el Atlántico Sur conforman un teatro de operaciones para las nuevas alianzas militares de potencias cuyos intereses nada tienen que ver con los intereses de nuetro país o nuestra región. Argentina debe tener una política de Estado –es decir, una planificación estratégica e integral– proyectada hacia las próximas décadas que defina su posición de cara a la renegociación por nuestro archipiélago y, al mismo tiempo, por nuestra Antártida. Eso es lo que se juega de manera indisociable en la causa Malvinas: sin soberanía sobre el archipiélago, la injusticia histórica se prolongará hacia nuestro territorio antártico, debilitando nuestra presencia allí de manera perpetua.
Ese horizonte de ocupación virtual de un territorio que representa otro 25% de la Argentina es cada vez menos una abstracción lejana. Especialmente cuando reparamos no sólo en la explotación de la zona económica exclusiva que defiende Gran Bretaña sino en que la Antártida alberga las mayores reservas de agua dulce del planeta, posibles yacimientos de hidrocarburos y minerales estratégicos, y rutas de navegación que el deshielo abre con velocidad creciente.
Malvinas vive como memoria y como destino
Desde el CEDI hemos señalado en varias oportunidades que una estructural negación cultural y territorial fue fundante de nuestra nación. Somos una nación que imaginó el desierto donde había vida y que le dio la espalda a su mar allí donde las grandes civilizaciones del mundo eran navegantes. Reconocer ese patrón en el presente es la condición para no reproducirlo.
De allí que volver a pensar Malvinas sea hoy el más grande proyecto político de una Argentina que se piensa a sí misma de manera efectiva como soberana y como nación bicontinental; esto es, que se reconoce en el Atlántico Sur y se proyecta hacia la Antártida porque en esa porción del mundo anida una parte esencial de nuestra identidad y de nuestro destino de grandeza.
Cada 2 de abril se nos convoca a asumir que la causa Malvinas es columna vertebral de una política exterior soberana y de una cultura nacional que debe atreverse, alguna vez, a mirarse en el espejo de sus propias negaciones para desandar una historia de despojos, ocupación ilegítima y explotación de nuestros recursos naturales y debilidades institucionales.
Malvinas es el nombre de una Argentina incompleta, de territorios arrebatados por la fuerza y en disputa. Proyectarnos nuevamente en el Atlántico Sur, aun en este convulsionado momento geopolítico, convencidos de que allí reside una de las claves de nuestro destino de grandeza no es voluntarismo utópico. Porque en la memoria inclaudicable de lo arrebatado y en una imaginación política coherente con el país enorme que somos reside la posibilidad de volver a nombrar con la gramática de nuestra nación y nuestra lengua, de nuestras voces y nuestras modulaciones, territorios que hoy se exhiben ingleses, a pesar de ser nuestros. Reconocer esto tampoco es victimismo. Es el primer paso para rever acuerdos internacionales obsoletos, quizás espurios, y para definir esa política de Estado seria que nos debemos a nosotros mismos y a los 649 soldados cuyos nombres grabamos en el mármol.
[1] Licenciado en Filosofía. Director del CEDI.
[2] Pueden leer la nota en el siguiente link: https://www.cedesarrollointegral.com/post/las-malvinas-de-sarmiento.
[3] Para más información sobre los Acuerdos de Madrid, recomendamos leer la siguiente nota: https://www.cedesarrollointegral.com/post/tratado-de-madrid.




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