La comunidad de la amistad: crónicas del Festival Internacional de la Juventud 2026
Frente al individualismo de las dinámicas globales contemporáneas, la experiencia de la delegación argentina en el Festival Internacional de la Juventud 2026 en Ekaterimburgo expone el valor estratégico de la cooperación, la soberanía científica y la diplomacia entre pueblos. El despliegue de las universidades federales rusas y la tradición de desarrollo técnico de la región ofrecen un contraste significativo respecto a las políticas de desfinanciamiento y privatización del conocimiento en el ámbito local.

por Joshua Lentulus Aivazian*
Me encuentro en un café, en la Ciudad de Buenos Aires, recordando lo que fue una experiencia de aquellas que te hacen replantear si solo es un "fue" en el recuerdo de lo vivido, o si, como la vida misma, te replantea objetivos guiados por el calor de lo compartido. Y es que en un mundo acelerado, de canibalismo económico y del rendimiento, las expectativas futuras se han convertido en una apuesta por la cual nos autoengañamos en el presente, renegando del pasado, como un lastre olvidable que obstaculiza el sensacionalismo ideológico del optimismo. El ruido de la calle, de las conversaciones superficiales y de la distractiva música solo hacen apreciar aquello que viví, y por el que estoy impulsado a vivir, y es que la única forma de cumplir los sueños es viviéndolos como una promesa contigo mismo en el futuro, y no una apuesta lúdica de falsos optimismos.
Un país, un pueblo, un destino es lo que encontré sin buscar y por lo cual viviré en el acto, como la memoria permanente, que persuade mis manos al escribir el siguiente relato de lo que significó para un argentino el haber participado del Festival Internacional de la Juventud en Ekaterimburgo. El título resulta engañoso, recayendo en una interpretación rígida y ociosa sobre las intenciones del evento. Y es que sus intenciones resultaron más que un festival, sino en una aleación de lo mejor de las emociones, conducidas por el molde de la dignidad y el orgullo. Es muy sutil la diferencia entre la arrogancia de quien expone su desarrollo y quien se enorgullece de ello, siendo la diferencia el alcance que tienes de formar parte de ello. 192 nacionalidades y pueblos tuvieron aquella oportunidad, y la Argentina, una de tantas delegaciones hispanohablantes, la excepcionalidad de representar la diplomática inocencia de vernos reflejados en el orgulloso espejo de la dignidad de un pueblo y su soberanía nacional.
Las exposiciones en los distintos segmentos temáticos me trajeron a un onírico recuerdo de lo que fue Tecnópolis, un espacio inaugurado en el año 2011 en la provincia de Buenos Aires, dedicado a la ciencia, la física y la innovación tecnológica en un contexto de celebración del bicentenario de nuestra Revolución de Mayo. Si bien este espacio sigue existiendo, su recuerdo permanece en un pasado desconectado de un rumiante presente apátrida en la realización de nuestras vidas, y es que los procesos de desfinanciación, privatización de las ciencias, desprestigio y asunción al gobierno de la más absoluta idiotez libertaria, convierten el festejo de las ciencias en una contradicción con la resultante conducción del país. En Ekaterimburgo recuperé aquellos iniciales momentos de una inocente fascinación por la innovación y el entusiasmo técnico propios de un niño, que ha llevado un tiempo bajo el puente de la lectura teórica e histórica de otros pueblos, y ver reflejado, por extensión, en este festival, las exposiciones del orgullo técnico de lo que fue la Unión Soviética.
Sin embargo, como uno no se baña dos veces en el mismo río, Rusia, y quien escribe, experimenta desde la excepcionalidad un recuerdo reencontrado en el presente junto a la convicción de lo que somos capaces de cosechar del cultivo de
nuestros sueños. Las exposiciones en innovaciones médicas, técnicas
agrícolas-ganaderas, robótica e inteligencia artificial, y la más que admirable oferta académica de universidades dedicadas a sostener y transmitir el civilizatorio conocimiento que hace posible la resistencia de un pueblo a la mediocre especulación del loteo de su propia tierra e identidad.
La Universidad Federal de los Urales (UrFU) fue la institución anfitriona con un
papel central en el festival. Además de organizar el programa infantil en cooperación con el Centro de Educación "Sirius" y el "Movimiento de los Primeros", presentó cinco proyectos tecnológicos estudiantiles en la exposición, entre ellos EDKORP, Gesti.tech, AKSALIT SOFT y PÉPEL I NOCH, abarcando áreas como topología biométrica, IoT, robótica industrial y marketing digital. La Universidad Estatal Pedagógica de Chechenia (CHGPU) envió una delegación de ocho personas que participó activamente en las actividades del festival, representando a la región del Cáucaso Norte. La Universidad Industrial de Tiumén (TIU) tuvo presencia a través de representantes que actuaron como oradores y mentores en sesiones dedicadas a la ciencia, la tecnología y la cooperación internacional, aportando su experiencia en educación superior y vinculación con la industria. La Universidad Nacional de Investigación de Samara "Koroliov" participó en actividades de intercambio cultural, contribuyendo a la dimensión internacional y multicultural del evento. La Universidad Estatal Agraria de Penza estuvo representada por tres activistas que se sumaron a las diversas actividades programadas, mostrando el interés del sector agrario en los espacios de cooperación juvenil.

Estas fueron algunas de las más destacadas universidades que representaron el perfil federal y diverso en el enfoque técnico y de especialización, fiel a la dedicación de un pueblo al orden y la trascendencia, ya que el haber alcanzado el cosmos hasta llegar a penetrar en el interior del átomo no se logra apelando al relativismo y espontáneo interés del capitalista, sino a la disciplina de la planificacion, formación superior y soberanía nacional de un pueblo fielmente representado. De esta experiencia retomo el entusiasta sentimiento de formar parte de un orgullo que trasciende las fronteras y los idiomas, y es que, en la coincidencia de la virtud, la brújula del corazón no se evade en las diferencias culturales, sino que las abraza en una guía que señala el cumplimiento compartido de un sueño.
Los sueños individuales, si permanecen en la evasión de la autocomplacencia, se convertirán en pesadillas, las mismas que vivimos actualmente en la oscuridad de un canibalismo social, mientras que en comunidad, los sueños son aquel horizonte observado por Eduardo Galeano como lo que nos hace avanzar hacia un amanecer inalcanzable, pero sostenido en nuestra marcha, dejando detrás las huellas que otros seguirán. Son esas mismas huellas, marcadas en mi memoria, las que me guiaron hacia lo inesperado de un pueblo, el ruso, caracterizado por la amabilidad, el respeto y el compromiso. Un compromiso que confundimos con disciplina y una amabilidad que mal entendemos como interés, y es que hay un interés que no se entiende en el lenguaje especulador de la utilidad, sino de la simpatía y la amistad, de conocer en las diferencias las coincidencias de lo mejor de cada uno.
Ello es lo que del Festival me ha dejado marcado, el interés en la amistad, aquella sana búsqueda del reconocimiento íntimo de nuestros sueños, donde junto a otras delegaciones se compartieron expediciones a una histórica ciudad fundada por Pedro el Grande en 1723 como un puesto avanzado industrial y militar de la expansión rusa hacia el este. Quien fuera reconocido como quien occidentalizó Rusia con la construcción de la nueva capital-puerto de San Petersburgo, en el otro extremo del relato, fue también el fundador de la ventana rusa hacia Asia. En 1918, la ciudad pasó por ser identificada por otra ventana, una ideológica, del comunismo hacia el mundo, al protagonizar la ejecución en el sótano de la mansión del comerciante Ipátiev del zar Nicolás II y toda su familia. Aquel hecho puso fin a más de tres siglos de la dinastía Románov y convirtió a Ekaterimburgo en una coordenada ineludible del relato revolucionario soviético. Recorrer su historia, no es solo recordarla, sino continuarla en su simbólico reconocimiento del cuello del águila bicéfala, símbolo estatal de Rusia, al ser identificada la ciudad como el límite entre Europa y Asia. Ya en el siglo XVIII, el geógrafo ruso Tatishchev, basándose en las evidentes diferencias de flora y fauna a ambos lados de los Urales, propuso que esta cordillera fuera utilizada como línea divisoria entre Europa y Asia, teoría que posteriormente fue ampliamente aceptada.

En aquella semana de septiembre, del 11 al 17, pude también reconocer esta misma águila bicéfala que persiste entre el relato y la ignorancia, encontrándose en el cuello de la coincidencia, una coincidencia que no puede transmitirse en un mismo relato o idioma, sino traducirse en la generosidad de la amistad. Una comunidad de amigos fue lo que se vivió, junto a una comunidad rusa organizada en torno a la hospitalidad, conectados por el eje civilizatorio de la comunidad global. Este último eje se observó en las exposiciones mencionadas de un orgullo técnico-científico compartido en el pasado sovietico con el mundo por medio de la exportación de proyectos como la presa de Asuán en Egipto, la acería de Bhilai en India, construida con asistencia soviética, en 1960, la construcción de hasta 31 unidades de potencia de energía nuclear en el extranjero, cubriendo Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, Alemania Oriental y Finlandia . A su vez, hasta principios de 1984, los especialistas soviéticos habían formado a más de 860.000 personas en proyectos de cooperación con países en desarrollo, de las cuales solo en Mongolia 130.000, Irán 100.000, India 90.000, Afganistán y Egipto 85.000 cada uno.
Y en el presente inmediato del Festival, reencontrarse con dicha cooperación en la calidad de becas, que permiten reforzar y mejorar la formación de técnicos y especialistas convocados a seguir sus propios sueños, con el único compromiso de llegar a compartirlos en sus países en forma de proyectos que resuelvan el estancamiento y subdesarrollo impuesto por la asimetría occidental. Junto a propuestas formativas y competiciones, que refuerzan ese compromiso de cooperación, que alguna vez fue una proclama ideológica, y, tras su disolución, haber quedado la realidad efectiva del cual se basaba el desinterés del conocimiento compartido, el de un pueblo que sobrevivio al frio, a la guerra y a la hambruna en la cooperación y a la memoria de saber distinguir los amigos de los enemigos.

El Festival Internacional de la Juventud en Ekaterimburgo significó la coordenada en la que el pasado y el presente de un pueblo se encontraron con la memoria viva de quien escribe. A lo largo de estos días he intentado dar cuenta de lo que significó para un argentino participar de una experiencia que, lejos de agotarse en la anécdota, replanteó mis objetivos y confirmó una convicción: la única forma de cumplir los sueños es viviéndolos como una promesa con uno mismo.
Rusia se reveló ante mí no como el estereotipo que Occidente administra, sino como un pueblo cuya dignidad se sostiene en la disciplina, la planificación y la soberanía nacional; un pueblo que alcanzó el espacio, venció al fascismo en el mundo, fue el ascenso y caída de revoluciones, y hoy, un faro de resiliencia y dignidad en su identidad patria. En las universidades federales que expusieron su orgullo técnico reconocí la continuidad de una civilización que supo exportar proyectos, formar especialistas y compartir conocimiento con el mundo entero.
Pero lo que verdaderamente me marcó no fue la magnitud de los logros técnicos, sino el interés en la amistad. Ese interés que no se entiende en el lenguaje especulador de la utilidad, sino en la simpatía y el reconocimiento íntimo de nuestros sueños compartidos. En Ekaterimburgo, comprendí que las diferencias culturales no nos separan, nos abrazan en la coincidencia de lo mejor de cada uno. Proyectado en un futuro donde es imposible ser, sin el otro, como hoy me siento menos al no incluir en mis proyectos todas las sonrisas y festejos de los pueblos con los que compartimos, reímos y charlamos. Porque los sueños individuales, se convierten en pesadillas; en comunidad, son el horizonte que nos hace avanzar hacia un amanecer inalcanzable, pero un amanecer que ilumina nuestro mundo y nuestros horizontes futuros.

*Joshua Lentulus Aivazian es coordinador de Área del Observatorio de Relaciones Internacionales. Miembro de la delegación argentina del WYF 2026. Representante institucional del CETCOT (Centro de Transferencia de Conocimiento y Tecnología) de la UBA.





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