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Pensamiento estratégico en la incertidumbre de la crisis ecológica.

MG. Juan Facundo Muciaccia [i]




El nuevo “ciudadano verde” de los centros urbanos.


En la década de 1970 comenzó a consolidarse la idea de que la finitud del planeta se deterioraba con el crecimiento de la población mundial, principalmente en lo que se refería a los modos de distribución y el acceso a los recursos naturales. El aumento de la contaminación y los desastres tecnológicos ya aparecían como elementos emergentes de la incipiente crisis ecológica. Frente a la imposibilidad de hallar respuesta a esta crisis dentro del sistema que en definitiva la creó, la opción (¿inconsciente?) de los centros del poder fue “patear para adelante” sus efectos inmediatos y convencer a la población destinada a sufrirla por generaciones que con el esfuerzo personal e individual se le podría hacer frente al colapso ecológico. Sociedad y naturaleza por primera vez aparecieron como elementos atados en el mismo destino problemático. Actualmente enfrentamos las consecuencias de esa decisión de los grandes centros del poder global: pasadas algunas décadas, la agresión que ha sufrido la naturaleza nos ha llevado a un callejón sin salida de crisis.


En parte, esto explica que los estudios sobre la crisis ecológica se hayan puesto de moda en los grandes centros urbanos globales –algo que no excluye a la Ciudad de Buenos Aires–, y actualmente los medios masivos de comunicación machacan con consignas declarativas que acusan responsabilidad, pero sin apuntar ciertamente a los responsables concretos y reales de dicho desastre. Relato ingenuo, cuando no cínico que se complementa a la perfección en la época de las campañas digitales y los hashtags (#seamosresponsables: ¿quiénes? ¿qué sujetos? ¿de qué fenómenos en particular?).


A este nuevo Ciudadano y nueva Ciudadanía “verde”, con un compromiso honesto pero constituido de acuerdo a los parámetros neoliberales, se le exige que se haga cargo de esta crisis mediante acciones inconexas e individuales en un mar de degradación ambiental fomentado por los grupos de poder con la desidia de los gobiernos de las grandes ciudades. Lo contradictorio de esta ética (ego)ecologista es que mientras el origen de la crisis es la acción de la sociedad en su conjunto sobre el planeta, y la conducción está a cargo de quienes ejercen el poder dominante, se exige que la respuesta a los problemas sea del orden individual e inducida: mientras el accionar colectivo permanece anestesiado se sostiene el statu quo, en un “ambiente” controlado, sin sorpresas ni peligros en las disputas geopolíticas del poder global.


De un modo si se quiere aluvional, resultado de un cambio progresivo de conducta alimenticia de la sociedad, se impondría una modificación estructural del modelo de producción de alimentos industrializados. Es bien factible que tal silogismo funcione en la teoría, pero en la práctica sigue la progresión aritmética que es asintótica (se aproxima, pero nunca llega) de todo aquello que se presupone que los cambios individuales de conducta, sumados, alcanzaron hipotéticamente un cambio de comportamiento de la sociedad (Federovisky, S., El nuevo hombre verde. Buenos Aires: Capital Intelectual, 2018, p. 73). El ciudadano verde puede entrar en dicha trampa y moda ecológica de los poderes dominantes mientras su actividad no altere la lógica del sistema.


La batalla de las “éticas” finalmente se resumen en cuáles posturas amenazan el modelo imperante y cuáles lo cuestionan superficial y discursivamente, pero lo mantienen vigente con apenas algunos retoques cosméticos. Las prácticas de autoayuda ecológica terminan siendo como aquellas políticas sociales equivalentes a limosnas que calman la urgencia, pero no alteran ni remotamente la distribución del ingreso para impedir que haya sectores sociales que deban ser asistidos, cómo única opción, mediante esa limosna (Federovisky: 2018, 81).


Y si por cosas del azar se organiza para revelar la perversidad de dicho sistema, y lo hace mediante organizaciones libres del pueblo (ONG, clubes, cooperativas, agrupaciones, etc.), y si la organización colectiva atisba a volver vulnerable la falsedad sistemática sobre las problemáticas ambientales, entonces automática y sistemáticamente ese ciudadano y esa organización se convierten en unos vándalos o ecoterroristas para los poderes públicos de turno.


Lógica de mercado: el Estado como garante de la crisis ecológica.


El Estado fue un actor histórico clave de este proceso que se remonta al menos hasta los años ‘70, en tanto generador de las condiciones necesarias para que se desenvuelva el mercado, encuadrado en la lógica del gerenciamiento neoliberal de las políticas públicas. Mientras se difundió una postura ética discursiva hacia la ciudadanía, en la realidad se accionaba de forma proclive a los intereses de las grandes corporaciones y a una idea de la naturaleza como botín más que como marco de equilibrio. ¿Cuáles fueron los modos de intervención? Se impusieron soluciones para desarticular la comunidad y la acción colectiva con respecto a la temática, convirtiendo, la comunidad en grupo de sujetos aislados, que se vuelven inoperantes para los cambios de fondos y no altera la marcha del conjunto. En ese sentido, el Estado actuó como catalizador para llevar un mensaje tranquilizador a la sociedad: se estaba a favor del medio ambiente mientras que simultáneamente se ondeaban las banderas del progreso y el crecimiento económico bajo un modelo extractivista que no dejó de profundizar la degradación ecológica.


Agotamiento del actual paradigma tecnológico. Repensar el Desarrollo.


Para comprender por qué se habla de agotamiento del actual paradigma tecnológico debemos, en primera instancia, explicar y pensar qué es el actual paradigma tecnológico, cuál es el contenido ideológico que intrínsecamente guarda, quienes pregonan por la vigencia del mismo, qué implica vivir en este paradigma tecnológico y no en otro, cuáles son las consecuencias que acarrea.

No podemos negar que el avance tecnológico ha traído mejoras, pero no todo avance tecnológico ha implicado un beneficio real, menos aún, un progreso colectivo. La tecnología ha sabido, también, ir de la mano de los grupos concentrados de poder económico y político y, en la segunda mitad del siglo XX, el vínculo entre ambos se ha fortalecido. El paradigma tecnológico actual, que guarda en su corazón el fenómeno de la rapidación, nos ha conducido a la actual situación de desastre natural.

El agotamiento de los recursos conlleva a la imposibilidad de seguir manteniendo el nivel de consumo de los sectores más ricos de la sociedad a nivel nacional y de los países más ricos a nivel mundial; sectores que usufructúan los bienes de la naturaleza solo para su propio beneficio.

A su vez, la forma inmediatista de entender la economía, la producción y el comercio se pronuncia a favor del avance tecnológico empleado para mantener el nivel de consumo de sectores ricos en detrimento del sufrimiento de otros sectores. Pero ese pronunciamiento impacta en determinadas porciones territoriales del planeta. Las multinacionales ejecutan en los países coloniales o semicoloniales, aquello que en sus propios países tienen prohibido hacer. Al retirarse dejan grandes pasivos ambientales, deforestación, contaminación del agua, del suelo y del aire que conlleva a la pérdida de la biodiversidad, de las especies más vulnerables de animales, insectos, aves y peces que son centrales para la continuidad propia de los ecosistemas. Estos pasivos también impactan en la comunidad.

El paradigma actual es un paradigma de fuerte vinculación entre el poder tecnológico y el poder económico. Quien tenga el dinero suficiente para acceder a una nueva tecnología será quien disponga de su uso en primer lugar. Quien pretenda el desarrollo de una nueva tecnología que apunte a mejorar sus rentas financie las investigaciones necesarias para la creación, en manos del hombre, de esa nueva tecnología. Es la economía asumiendo el desarrollo tecnológico en función del rédito. Esta situación implica un grave riesgo dado que la mayoría de la población pasa a depender de la minoría de la población.


Pensamiento situado para la acción.


El Papa Francisco da comienzo en la encíclica Laudato Si advirtiéndonos que hay una casa común que todos compartimos, la cual todos habitamos, esa casa común es la naturaleza. Esa casa común contiene a todos los ecosistemas y a todas las criaturas. Las plantas, los animales, el hombre, el agua, la tierra, el aire, están estrechamente vinculados en esa totalidad que es la naturaleza. Todos los seres que habitan la naturaleza están interconectados entre sí y se necesitan mutuamente pues forman parte de una cadena que les permite subsistir.


Sin embargo, la naturaleza clama por el abuso y consecuente daño que nosotros, los hombres, le producimos a lo largo del tiempo. Ese daño se esgrime como problema y ese problema halla sus raíces en un dilema moral y cultural que implica a la totalidad de los habitantes. Se han caído los verdaderos horizontes éticos de referencia producto de un avance tecnológico, que no ha sabido ir acompañado de un consecuente avance cultural, educativo y consciente. Como resultado de la creciente implementación de tecnologías, cuyo objetivo es obtener el mayor rédito económico posible el menor costo, no sólo vemos una degradación en la naturaleza que demanda una urgente respuesta activa sino, además, una degradación en los lazos sociales productora de violencia.


El paradigma tecnocrático instaurado condiciona la vida de las personas y el desarrollo de la sociedad entendida como comunidad. Los objetos que produce la técnica no son neutros, por el contrario, generan un entramado que cerca los estilos de vida orientando las posibilidades sociales en dirección de los objetivos de los grupos concentrados de poder. Son estos grupos concentrados de poder económico los que acceden al poder tecnológico, grupos, integrados por una pequeña minoría de personas. Esto se vuelve realmente peligroso.


El crecimiento tecnológico sucede guiado por una moral sólida del hombre que lo limite y lo contenga. Esta falta de moral, de principios que rigen el accionar humano en términos de moderación, ha conducido al hombre, inventor de la técnica, a situarse en el centro del mundo. Cada intervención humana, que daña la casa común, parece reclamar una nueva intervención humana para solucionar la catástrofe desatada volviéndose, la intromisión del hombre, un problema circular y vicioso. El hombre se ubica a sí mismo en el centro del universo y ubica al universo en el centro del paradigma tecnocrático que ha creado. Este paradigma responde a la ambición de ciertos grupos concentrados de poder económico y en el desarrollo de este paradigma la naturaleza, la casa común, resulta gravemente dañada. El hombre que se reconoce como tal gracias a la existencia de otras especies, frente a las cuales se ubica en un acto espejo destruye a las otras criaturas que forman parte de los ecosistemas y lo hace producto de no ver el límite que la realidad actual le demanda a su poder de acción.


La cultura del descarte. La mercantilización de la vida.


La cultura del descarte es una de las concepciones más fuertes e importantes que el Papa Francisco despliega en su famosa encíclica Laudato Si. A través de la utilización de este concepto, el Sumo pontífice pretende direccionar la mirada del lector hacia la consecuencia real del sostenimiento del actual paradigma tecnocrático, a saber, el abuso realizado sobre la naturaleza y su correlato, el abuso realizado sobre nuestras comunidades.


Los excluidos de la sociedad son los primeros en recibir el feroz impacto del errante accionar humano. Este impacto gravita de diferentes maneras: grupos cada vez mayores sin viviendas o con viviendas precarias, sin acceso a la salud o con un acceso con serias dificultades, sin acceso al agua potable, sin acceso a una alimentación nutritiva y variada, en muchos casos sin acceso a la educación, inmersos en el extremo frío, en el extremo calor, en el hambre y la expulsión, amarrados a tomar cualquier tipo de trabajo. Y rodeados, cuando no hundidos, en los tóxicos y residuos que producen las actividades industriales, lo cual sumado a la situación de absoluta vulneración de derechos genera muertes prematuras, enfermedades respiratorias, enfermedades de la piel, etc.


Por eso el Papa Francisco dedica esta extensa reflexión sobre la cuestión ecológica y enumera categorías que se relacionan entre sí y que nos permiten plantear el paralelismo como modo relevante de vinculación. La relación de correspondencia entre lo natural y lo cultural es la más importante. La degradación de la naturaleza se vincula con la actual situación de la convivencia humana, con el aspecto cultural y social de la comunidad que habita nuestra Casa Común. El deterioro de la naturaleza señala en oblicuamente el deterioro del hombre en su trato con los otros. La destrucción de la naturaleza es un ejemplo de la destrucción de los lazos sociales. Violentar la naturaleza pensando, únicamente, en el rédito económico implica, necesariamente, la intervención de industrias y megaempresas que se asientan en territorios específicos, tales como lo son los países en desarrollo. Una vez terminada su actividad dejan gran cantidad de residuos, un alto grado de contaminación del agua, el suelo y el aire y deforestación, pero también grandes pasivos humanos que fueron utilizados como mano de obra barata.


El imperio de las ganancias, por lo tanto, torna necesario intensificar los ritmos de producción que conllevan a la aceleración en los ritmos de trabajo, de vida y del accionar humano, contraponiéndose a la natural lentitud biológica con la cultural aceleración humana. Emerge, así, la ruptura de los lazos de integración, de comunión social, crece la violencia dando lugar a nuevas formas de agresividad, aumenta el consumo de drogas y se produce, en consecuencia, una pérdida de la identidad. El progreso que se nos propone como meta a llegar mediante la implementación cada vez mayor de la tecnología no es sino el retroceso del mismo hombre que continúa pidiendo a gritos la novedad técnica.


El lugar que ocupa la economía y la política internacional respecto a la actual situación ecológica.


El actual usufructo de los recursos naturales impacta gravemente en la naturaleza ocasionando perjuicios que son recibidos, en primera instancia, por los rezagados de la sociedad. No nos referimos aquí a la sociedad de un país determinado porque el problema ecológico actual no corresponde a un país determinado sino al conjunto total de los seres que habitamos la Casa Común, es decir, afecta a todos los países.


Ese usufructo desmedido responde al único interés que se persigue: la renta. Pero ¿Quiénes persiguen únicamente ese interés? Ya lo hemos mencionado, varias veces, los grupos concentrados de poder económico, que son los primeros en acceder a la tecnología; los países desarrollados, también llamados, “países del norte”; es decir, la minoría empresarial en un mundo de mayorías obreras y trabajadoras.


Esos países que representan al poder concentrado mantienen una deuda ecológica con los países en desarrollo, a los cuales asisten desarrollando industrias que usan sus recursos naturales y dejan una serie de consecuencias negativas en la naturaleza, la economía y la salud de los lugareños. Sobre esa deuda nadie habla. Sobre la deuda económica que los países en vías de desarrollo mantienen con los países desarrollados sí se habla, y mucho. Mecanismo de autodefensa que se traduce en mecanismo de dominio, opresión, intervención, direccionamiento de políticas públicas y avasallamiento de la soberanía.


Pero el problema ambiental, decíamos, no se puede restringir a un porcentaje de la población mundial dado que nos implica a todos. Es por esto que la solución vendrá de un pensamiento y un accionar conjunto, una política de carácter internacional que nos integre a todos. La política internacional tiene el deber de desprenderse de la política atada a las finanzas y a la tecnología, debe ser capaz de construir una política a largo plazo que revierta la actual situación, debe ser capaz de construir nuevos liderazgos, debe ser capaz de obtener cambios fundamentales en los estilos de vida y en los modelos productivos, de consumo y de (re)utilización de los recursos. El problema es que la política internacional está debilitada y subyugada a los intereses de unos pocos, a una economía que supo tomar dimensiones internacionales.


Si el actual paradigma económico está estrechamente vinculado al actual paradigma tecnocrático deberá, la política internacional, ser capaz de construir una alternativa que gravite sobre un paradigma que es a la vez moral, económico y cultural, y que debe ser viable, aplicable y sostenible. Un paradigma que no resuelva los problemas ocasionados por la tecnología empleando más tecnología, un paradigma superador que traiga soluciones efectivas a un problema que es, sin ninguna duda, efectivo en la destrucción del planeta, vale decir, de cada uno de nosotros.


Deberá la política, internacionalmente, construir un liderazgo capaz de intervenir con políticas concretas a nivel mundial en pos de la recuperación de la naturaleza que está siendo destruida, en pos del cooperativismo, en pos de la equidad social, en pos del igual desarrollo de los países del mundo, deberá ser capaz de batallar el actual modelo cultural por un cultura que respete la diversidad cultural en un entramado social que resulte fortalecido del encuentro de los seres humanos a través de la palabra y el diálogo.


El Movimiento, el modelo y la preservación ecológica.


Liberación, en lo político, significa tener una Nación con suficiente capacidad de decisión propia, en lugar de una Nación que conserva las formas exteriores del poder, pero no su esencia. La Nación no se simula. Existe o no existe. Reflexionar desde este profundo nacionalismo cultural, muchas veces banalizado mediáticamente, es la única forma de preservar nuestra identidad y nuestra auto identificación. Por eso, la liberación desde el punto de vista de la política exterior implica producir según las necesidades del pueblo y de la Nación teniendo en cuenta las necesidades de nuestros hermanos y nuestras hermanas de Latinoamérica y preservando a su vez nuestros recursos para así lograr una real justicia redistributiva.


La lucha por la liberación es la lucha por los recursos y la preservación ecológica. Para Perón, esta dimensión ambiental cobraba especial relevancia. Así se infiere de los siguientes fragmentos:

Cada nación tiene derecho al uso soberano de sus recursos naturales. Pero, al mismo tiempo, cada gobierno tiene la obligación de exigir a sus ciudadanos el cuidado y la utilización racional de los mismos. El derecho a la subsistencia individual impone el deber hacia la supervivencia colectiva, ya se trate de ciudadanos o pueblos.


(…) La modificación de las estructuras sociales y productivas en el mundo conlleva a que el lucro y el despilfarro no puedan seguir siendo el motor básico de una sociedad. De allí que la justicia social debe erigirse en la base de todo sistema, no sólo para beneficio directo de los hombres y las mujeres sino para aumentar la producción de alimentos y bienes necesarios; consecuentemente, las prioridades de producción de bienes y servicios deben ser alteradas en mayor o menor grado según el país de que se trate.


(…) Debemos cuidar nuestros recursos naturales con uñas y dientes de la voracidad de los monopolios internacionales que los buscan para alimentar un tipo absurdo de industrialización y desarrollo en los centros de alta tecnología donde rige la economía de mercado. Ya no puede producirse un aumento en gran escala de la producción alimenticia del Tercer Mundo sin un desarrollo paralelo de las industrias correspondientes. Por eso cada gramo de materia prima que se dejan arrebatar hoy los países en vías de desarrollo, equivale a kilos de alimentos que dejarán de producirse mañana.


Juan Domingo Perón, “Mensaje ambiental de los pueblos y las naciones del mundo”, Madrid, 21 de febrero de 1972.


El problema, entonces, no está en el avance tecnológico sino en el uso que los seres humanos hacemos de esa tecnología. Poner la tecnología en favor de la generación de mayores y mejores puestos de trabajo, en el cuidado de la naturaleza, en la calidad de vida, en la salud, en la conectividad para fines educativos, en la soberanía de cada pueblo. Pero no es esto lo que sucede y la historia de la humanidad, advierte Perón, es una serie de instantes decisivos, es decir, decisiones que tomamos. La tecnología parece estar al servicio de la acumulación de la riqueza de unos pocos, la destrucción del medio ambiente y el deterioro de los aspectos más íntimos y humanos del hombre. He aquí lo que debemos discutir.


La humanidad debe ponerse en pie de guerra en defensa de sí misma. En esta tarea gigantesca nadie puede quedarse con los brazos cruzados. Por eso nuestro país, que aún tiene la enorme posibilidad de salvar su integridad ambiental, debe iniciar cuanto antes su campaña en el orden interno y, al mismo tiempo, unirse a todos los pueblos y gobiernos del mundo en una acción solidaria que permita solucionar este gravísimo problema.


El desarrollo no debe quedar en manos de unos pocos, o de grupos poderosos, como tampoco debe responder a la concepción política de la comunidad de naciones más fuertes. Por el contrario, todos los sectores dentro de cada país y el conjunto de las naciones en el orden internacional deben participar en dicha tarea. Esto no constituye una utopía, pero tampoco es tarea fácil de lograr, particularmente en un mundo convulsionado política e ideológicamente, donde el interés privado y la codicia prevalecen sobre el interés social.


En el momento actual donde los liberales y globalistas han podido imponer su modelo hegemónico de poder, momentáneamente. Utilizando diferentes tipos de argumentos y prejuicios, para mantener divididos cualquier movimiento que intenta construir una política independiente o de emancipación, por fuera de su influencia.


Por lo tanto, debemos fortalecer y expandir el cuidado de la Naturaleza y el desarrollo de los pueblos de forma prospectiva, proyectándose hacia el futuro mediante la unidad de las fuerzas sociales y políticas bajo la justicia social, la soberanía política en la ardua batalla por la autonomía de los poderes globales. El mundo no es una realidad inmutable, sino una realidad siempre modificable: el mundo es lo que hacemos con él.


Bibliografía


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Bergoglio Jorge, Papa FRANCISCO (2013) Evangelii gaudium. Exhortación apostólica. La alegría del Evangelio. Madrid. Editorial Palabra


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DUGIN ALEXANDER (2018) Geopolítica existencial. Conferencias en Argentina. Nomos. Buenos Aires


Federovisky Sergio (2018) El nuevo hombre verde. ¿Cómo el neoliberalismo nos hace responsables del desastre ecológico que provoca el sistema? Buenos Aires, Editorial Capital Intelectual.


Fusaro, Diego (2019) El contragolpe; interés nacional, comunidad y democracia. Buenos Aires, Editorial Nomos.


Perón, Juan Domingo (2012) “Comunidad Organizada”, Buenos Aires, Editorial Fabro


Perón, Juan Domingo (2012) “Modelo argentino para el proyecto nacional”, Buenos Aires, Editorial Fabro


Methol Ferré, Alberto y Metalli, Alver (2013). La América Latina del siglo XXI, Buenos Aires, Edhasa.


[i] El autor es MG en política económica, politólogo, Fundador del CEDI , CD de UPCN ANSES y del Instituto Internacional de Derechos Humanos, Capítulo Americano. Twitter: facundomuciaccia


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