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A con Washington e Israel: Implicancias estratégicas y riesgos de seguridad para Argentina

El alineamiento estratégico de Argentina con Estados Unidos e Israel redefine la política exterior y de defensa nacional, ampliando la cooperación tecnológica y militar, pero también generando nuevos desafíos vinculados a la autonomía estratégica, la dependencia tecnológica y los riesgos de seguridad.

por Felipe Daniel Barrientos*


A partir de 2024, el gobierno de Javier Milei ha adoptado un cambio radical en el marco de la política exterior argentina, abandonando la postura tradicional del “multilateralismo defensivo” o “neutralidad” para abrazar una alianza estratégica con Estados Unidos e Israel, desde el comienzo del segundo mandato de Donald Trump con el retorno a las “relaciones carnales”[1] con Washington  y a la adopción del hábito de llorar en el Muro de los Lamentos en Jerusalén. Este cambio no es meramente estratégico, sino una reformulación de la identidad nacional frente al tablero global.


La administración actual ha definido sobre este eje como “alianza de valores occidentales”, lo que implica una profunda integración en materia de seguridad, defensa e inteligencia. Sin embargo, esto conduce a un acoplamiento significativo que produce desafíos significativos, lo cual obliga a la Argentina a modernizar su armamento militar y relevancia geopolítica, esto conlleva a exponer simultáneamente a Argentina a riesgos de seguridad interna y a una pérdida de autonomía en la toma de decisiones —políticas, económicas y sociales, tanto externas como internas—.


Marco de cooperación regional: acuerdos firmados


La firma de los Acuerdos de Issac resulta un pilar en las relaciones entre la gestión de Javier Milei y sus colaboradores de la “Alianza Occidental”, puesto que dichos tratados no solo regulan el intercambio comercial, sino que establecen una hoja de ruta para la transferencia tecnológica y la cooperación de ciberseguridad. A diferencia de los otros acuerdos, este pacto en particular integra a través de un convenio a la SIDE con el Mossad y la CIA, en el marco de la lucha antiterrorista, formación en doctrina de contrainteligencia y la prevención de la proliferación nuclear en Oriente Medio[2].


La relevancia de estos acuerdos se centra en la “interoperabilidad”, producto de la adopción por parte de la Argentina de estándares de la OTAN, lo que facilita la participación en misiones internacionales y ejercicios conjuntos; pero también condiciona las futuras compras de armamento, cerrando las puertas a potencias proveedoras de equipo de defensa como son China y Rusia. Este cerrojo tecnológico asegura que la infraestructura crítica del país sea dependiente de los suministros y actualizaciones provenientes de Estados Unidos e Israel.


Modernización militar y dependencia tecnológica


El aspecto más evidente de este alineamiento es el reequipamiento de las Fuerzas Armadas. La adquisición de los cazas F-16 Fighting Falcon marca un hito, Argentina vuelve a tener capacidad de interceptación supersónica después de décadas[3]. Sin embargo, esta compra significó la dependencia constante de la autorización constante por parte de Washington para el suministro de repuestos y armamento de última generación.


En adición, la influencia de Israel en la industria nacional militar se somatiza en la modernización de los icónicos TAM A2-C2, ejecutado con los servicios de la empresa Elbrim Systems[4]. A esto se suma la incorporación de fusiles de asalto Arad y sistemas de drones de vigilancia, que representa un salto en el sistema cualitativo en la capacidad operativa, generando una “dependencia de origen”, dejando la soberanía defensiva atada a la voluntad israelí-americana. Si bien, las prioridades de estos dos países cambian, por lo que Argentina puede encontrarse con sistemas sofisticados pero inoperantes por falta de soporte.


Riesgos de Seguridad e Inteligencia


El mayor riesgo en el que puede incurrir la Argentina es la importación de conflictos ajenos y convertirse en un proxy del desarrollo de los mismos.  Al definir una alianza estratégica con Israel dentro de un contexto de alta volatilidad en Oriente Medio, Argentina aplica la teoría del “poder blando”[5] de Joseph Nye para actores no estatales o grupos terroristas que buscan alterar intereses occidentales fuera de las zonas de conflicto.


La integración de base de datos y el uso de software de inteligencia de vanguardia —como el caso de los sistemas vinculados a Palantir— permiten una vigilancia más eficiente en las fronteras y del crimen organizado. El costo es la opacidad, la delegación de tareas de inteligencia y monitoreo de comunicaciones a plataformas extranjeras, lo cual plantea interrogantes sobre quién tiene el control real de la información sensible de los ciudadanos argentinos y del Estado nacional en sí. Argentina corre un riesgo de “derrame” de conflictos internacionales hacia el territorio nacional, lo cual es un tema preocupante para los expertos de la defensa y seguridad nacional.


Por último, a nivel regional, Argentina rompe un consenso con MERCOSUR y CELAC en la zona de paz del Atlántico Sur. Debido a la instalación de una base logística en Ushuaia con apoyo estadounidense y la mayor presencia de la cuarta flota en aguas argentinas, vistas con recelo por socios históricos como Brasil. Dicho esto, Argentina corre el riesgo de quedar aislada en Sudamérica en caso de que la percepción de los países vecinos manifieste que Argentina actúe como “satélite de intereses extranjeros” en lugar de fomentar la integración regional en el Cono Sur.


Conclusión


El alineamiento de Argentina con Washington y Tel Aviv ofrece a la Argentina la posibilidad de salir del ostracismo tecnológico y profesionalizar a las fuerzas de seguridad. Pero, la actual estrategia carece de una red de contención de vulnerabilidades que genera y esto hace que la seguridad nacional no pueda depender solamente de la buena voluntad de sus aliados cuyas prioridades son globales y no locales. En caso de que Argentina decida mantener la alianza con estas potencias globales a largo plazo y con éxito, debería desarrollar mecanismos de control soberano sobre la tecnología que adquiere y mantener los canales diplomáticos abiertos que eviten que el país se convierta en un escenario de disputas geopolíticas ajenas.




*Felipe Daniel Barrientos es licenciado en Relaciones Internacionales (UCASAL, 2025). Pertenece al instituto de Relaciones Internacionales y Ciencia Política de UCASAL


Bibliografías y páginas webs consultadas:



●       Nye, Joseph. “Prefacio y Capítulo 5: El poder blando y la política exterior norteamericana”. En soft power, public affairs, New Hampshire, 2004. Págs. 127-147.

●       Simonoff, Alejandro. “La Argentina y el mundo frente al bicentenario de la Revolución de Mayo: Las relaciones exteriores argentina desde la secesión hasta la actualidad”. 1era edición, EDULP (Editorial de la Universidad de La Plata), La Plata, Argentina. 2010. Págs. 493.

 

           


[1] Término utilizado por el ex canciller Guido Di Tella para caracterizar a la relación establecida con Estados Unidos durante su desempeño en el gobierno de Carlos Menem (1989-1999) con los presidentes George H. W. Bush y Bill Clinton de Estados Unidos. (Simonoff;2010, 361)

 

[3] Zona Militar. Mayer, Bryan. “¿Por qué los F-16 son la compra más importante para la soberanía argentina en las últimas décadas?”. https://www.zona-militar.com/2024/05/03/por-que-los-f-16-son-la-compra-mas-importante-para-la-soberania-argentina-de-las-ultimas-decadas/ (13 de mayo de 2026)

 

[5] Concepto de Joseph Nye que trata sobre la capacidad de un país en influir, atraer y persuadir a otros actores internacionales mediante la cultura, los valores políticos y las políticas exteriores legitimas, en lugar de utilizar la coacción militar o económica. 

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