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¿Electores o (y) mercados? | Por Lic. Alejo Mandola

Actualizado: 6 sept 2019



¿Electores o (y) mercados? Este es uno de los clivajes o complementariedades que con mayor frecuencia suelen enarbolar diferentes expresiones del arco político argentino. Sin embargo, lo llamativo es que no son conscientes que lo hacen: se trata de algo oculto (aunque, a la vez, a la vista) en la matriz propia de las economías nacionales en la contemporaneidad globalizada. Diversas corrientes abordan las consecuencias que la globalización, en particular financiera, supone para los Estados nacionales, pero también para gran parte de los actores de la economía global, ya que la interconexión de estos es crecientemente compleja. En ese sentido, la protección de una economía nacional de los flujos globales de capital es necesaria. Ahora bien, ¿en qué condiciones? Y, más importante aún, ¿cómo compatibilizar esa dinámica global con las decisiones que la ciudadanía toma respecto a la administración y el gobierno de un Estado nación?


A raíz de los resultados para nada esperados de las últimas elecciones primarias en Argentina se ha desatado toda una serie de desencadenantes que han puesto en jaque los equilibrios (y desequilibrios) financieros, políticos y sociales de un país en tan sólo tres días. El propio escenario escapa a la lógica institucional y se adentra, de hecho, en un terreno en el que la misma institucionalidad no puede dar respuestas, y esas lógicas y pasos a seguir, esas reglas del funcionamiento democrático, se ven compelidas a replantearse.


En ese sentido, la magnitud del impacto es tal que incluso llega a alterar los engranajes institucionales propios del sistema político que generó ese resultado, al punto de que surge de ello una serie de elucubraciones sobre los tiempos electorales y, peor aún, diversas confusiones en las cuales los actores intercambian sus lugares y roles mutuamente. Presidente sin poder real, candidato cuya palabra pesa más que la del primer mandatario y que, a la vez, se distancia de su nuevo rol en la novedosa situación, son las piezas de esta realidad que sólo quiere satisfacer a dos jugadores de renombre: los mercados y las urnas. La tensión existente entre las presiones de ambos actores es innegable y, hasta el momento, no tiene una resolución a la vista.


La idea de estar en posición de elegir entre la espada y el hacha suponen una postura de una complejidad inigualable tanto para Mauricio Macri como también para su principal contendiente, Alberto Fernández. De este modo, la ingeniería institucional propia del sistema electoral ha llevado a la pérdida de legitimidad de un gobierno que, aún sin ella, deberá continuar su gobierno por al menos tres meses más. Las elecciones en Argentina han trascendido los intereses del pueblo que habita este suelo y de sus ciudadanos desperdigados por el mundo, y evidencia el gran impacto que el primer acto electoral nacional, en el cual sólo se definieron candidatos que competirán en la contienda definitiva, tuvo sobre una buena variedad de actores.


Los mercados son uno de ellos. Y han hablado. Su voz tuvo y tiene cada vez más peso desde 2016, año en que el país volvió a insertarse bajo una dinámica diferente en el campo de juego de los flujos globales de capital. Todo acto, oratoria, declaración que se realice dentro del espectro de lo público en Argentina ya no tiene un destinatario único (hace tiempo que no lo tiene, aunque cabe señalar que en la actualidad esta situación se encuentra exacerbada). En ese sentido, los discursos vinculados al quehacer político no sólo influyen en la opinión pública, sino que impactan en actores que, si bien no tienen formalmente poder de voto, como los ciudadanos de un Estado, sí poseen capacidades de igual o mayor relevancia para influir en las decisiones de un gobierno.


El otro actor, la opinión pública, el pueblo, el electorado, las urnas, también escucha atentamente. Ha escuchado y ha decidido. Y a partir de ese momento ha sido una pieza fundamental en la emergencia financiera. Según ciertas visiones, hasta se han convertido en sus propios verdugos. Sin embargo, y en el revés de lo mencionado, formalmente tienen todo el poder para poner una administración en un lugar de autoridad. Así y todo, al mismo tiempo el electorado se ve preso de las condiciones que sus propias decisiones han generado para su economía. No son culpables los votantes de haber ejercido su derecho como ciudadanos al elegir sus representantes; no obstante, se ven compelidos luego de su veredicto, es decir, luego de uno de los mecanismos más importantes de la democracia, a convivir con las consecuencias que, indirectamente, su decisión ha tenido sobre los hilos que mueven gran parte de cotidianeidad.


He aquí que surge la incertidumbre frente a este nuevo escenario: ¿hasta dónde están preparadas nuestras democracias para sopesar en un equilibrio dinámico y adaptativo los movimientos que realicen sus “jugadores”? ¿Hasta dónde deben tener poder de veto los mercados? ¿Y hasta dónde las urnas? Es de la opinión del autor que, tal vez, sean estas últimas parte fundamental y no subordinada de la conformación de una estrategia de desarrollo que apunte a resolver los desequilibrios económicos, políticos y sociales fundamentales del país, en cierto modo, desde la economía real (que también opera con sus riesgos e incertidumbres). Queda dentro de los interrogantes del presente la forma “correcta” de incorporar a los mercados como un actor relevante dentro del proceso que una economía nacional realiza dentro del espacio global, del que ya no es posible salirse, conduciendo las potencialidades de estos por las vías del desarrollo.


Lic. Alejo Mandola

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